QUE ES LA PERSONA

Continuamos. Como ya indique el objetivo es releer el Catecismo de la Iglesia Católica y el Magisterio como guías seguras para la felicidad. O sea, como Principios Normativos de una Ética Cristiana. No como normas que permiten o prohiben. Sino como justos y acertados criterios que nos preparan para tomar la decisión correcta para “ponernos de lado de Dios” si lo deseamos. La ética es siempre un acto libre. Libre. No opera desde afuera. Opera desde adentro hacia afuera.

Mateo 15, 11. “No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre.”

Para poder entrar a este tema con claridad y profundidad es fundamental entender que la antropología crisitana ve al Hombre totalmente distinto de la Antropología humanista o como lo concibe Antropología Social.

DEFINICIÓN O CONCEPTO DEL HOMBRE EN LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL

“El hombre es un ser biológico que pertenece a la subespecie Homo sapiens sapiens y forma parte de la especie Homo sapiens, del género homo. Su definición clásica es, desde Aristóteles, la de un “animal racional”.

DEFINICIÓN DEL HOMBRE EN LA ANTROPOLOGÍA TEOLÓGICA

La antropología teológica afirma que el ser humano, ubicado en un universo en evolución, está referido al Dios de Jesucristo en su inicio absoluto, en su esencia más íntima y en su final definitivo. El ser humano ante Dios, con toda su realidad, con toda su complejidad.

A continuación fragmento de un ensayo en que el Dr. Fernández Ochoa profundiza un poco más sobre lo que es la “persona” dentro de la antropología cristiana.

LA ANTROPOLOGÍA DE JOSEPH RATZINGER-BENEDICTO XVI

Por Luis Fernando Fernández Ochoa[1]


[1] Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Pontificia de Salamanca. Director de la Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana. Profesor de Antropología Filosófica y Filosofía Moral. Coordinador de la línea Iglesia y Culturas en Diálogo del Centro Arquidiocesano para la Nueva Evangelización, de Medellín. Miembro de la Asociación Española de Personalismo. E-mail: luis.fernandez@upb.edu.co  

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Vemos entonces que lo más propio de la persona, divina y humana, es la relacionalidad. En el caso del hombre el “yo” es lo que cada uno tiene como más “suyo”; mi “yo” es lo más “mío” y, al mismo tiempo, lo que menos me pertenece, porque la estructura del yo es, de suyo, referencial; yo solo consigo plenificarme saliendo de mí mismo y yendo al encuentro de los demás. Dios es, en primer término, un “nosotros” trinitario y, luego, también un “con nosotros” los  hombres. Dios es un nosotros porque el Padre y el Hijo están unidos en el Amor, esto es, en el Espíritu Santo; y al ser el hombre imagen de Dios es capaz de encontrarse con otros hombres y ser con ellos “nosotros”.

Estrictamente hablando solo Cristo es “la imagen de Dios”,[1] mientras que las demás personas hemos sido creadas “a imagen” de Dios.[2] No somos la imagen de Dios pero podemos llegar a serlo, progresivamente, en la medida en que entremos en comunión con Cristo, en que nos configuremos con él,

que es la imagen originaria del hombre. Esto quiere decir que cada uno de nosotros es un proyecto destinado a ser Cristo, que es la idea fundamental de Dios y la forma fundamental del hombre. De este modo “el principio personalista culmina en el principio cristológico”.[1]

A partir de aquí la antropología comienza un camino ascendente, puesto que Ratzinger explica que mientras el primer hombre, Adán, se hizo “alma viviente”, el último Adán, Cristo, se hizo “espíritu vivificante” (1 Cor 15, 45). Primero fue lo animal, luego lo espiritual. Así que si nos dejamos transformar por Cristo “del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste” (1 Cor 15, 49). Aquí se ve la tensión entre tierra y cielo, materia y espíritu, tiempo y más allá. Ser hombre es estar en camino hacia sí mismo o alejarse de sí mismo, ir de camino hacia Cristo o alejarse de él, que es lo mismo que acercarnos a nuestra imagen originaria o arruinarla.[2]


[1] Cf. BLANCO SARTO, P. La teología de Joseph Ratzinger, op. cit., p. 137.

[2] Cf. Ibíd., p. 137.


[1] Cristo es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15); “Él es el reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Sal 110,1).

[2] Adán es figura (tupoV) de Cristo (Cf. Rom 5,14).

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