PRINCIPIO DE LA SUPREMACÍA E INVIOLABILIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Cito del Papa Benedicto XVI:

“La Iglesia, siguiendo a Cristo, ve el amor a Dios y al prójimo como un motor poderoso capaz de ofrecer auténtica energía, que podrá irrigar el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico. Puse de manifiesto que la relación que existe entre el amor y la verdad, si se vive bien, es una fuerza dinámica que regenera todos los vínculos interpersonales y que ofrece una novedad real en la nueva orientación de la vida económica y financiera, que renueva, al servicio del hombre y de su dignidad, para los cuales existen. La economía y las finanzas no existen sólo para sí mismas; son sólo un instrumento, un medio. Su finalidad es únicamente la persona humana y su realización plena en la dignidad. Este es el único capital que conviene salvar. Y en este capital se encuentra la dimensión espiritual de la persona humana.” 

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI – AL BANCO DE DESARROLLO DEL CONSEJO DE EUROPA
Sala Clementina – Sábado 12 de junio de 2010

Se está, lamentable pero Providencialmente, logrando patologizar lo que es bueno; los principios y la racionalidad que salvaguarda la supremacía de la Dignidad Humana. Ideologías con fines totalitarios se han revestido de un discurso pesudoecologista y de pseudoprotección de los recursos naturales y del ambiente que califican al Hombre como una “plaga”. Lo que de acuerdo a esta ideología inhumana y perversa utiliza para justificar la privación de los derechos más básicos de la persona humana: desde el derecho a la vida hasta el derecho a “ganarse el sustento” libremente con el sudor de su frente y de disfrutar ordenada y racionalmente de los bienes que la Naturaleza ofrece. Sacralizan la Tierra y deshumanizan al Hombre.

Desde luego, que debemos velar por el cuidado de la Tierra; nuestro Hogar común pero el fundamento y la razón de este maravilloso recurso es el Hombre.

Por lo tanto, toda idea, propuesta o ideología que no reconozca al Hombre, individualmente, como el único y supremo fin al que todas las instituciones debe salvaguardar sus derechos naturales y su dignidad, viola este principio por lo cual debe ser rechazada.

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

342 La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cf Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Sin embargo Jesús dice: “Vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Lc 12, 6-7), o también: “¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!” (Mt 12, 12).

343 El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas (cf Gn 1, 26).

355 “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1,27). El hombre ocupa un lugar único en la creación: “está hecho a imagen de Dios” (I); en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material (II); es creado “hombre y mujer” (III); Dios lo estableció en la amistad con él (IV).

PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN:
LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO PRIMERO 
CREO EN DIOS PADRE

ARTÍCULO 1
«CREO EN DIOS, PADRE TODOPODEROSO,
CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA»

I “A imagen de Dios”

356 De todas las criaturas visibles sólo el hombre es “capaz de conocer y amar a su Creador” (GS 12,3); es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad:

«¿Qué cosa, o quién, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella; por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno» (Santa Catalina de Siena, Il dialogo della Divina providenza, 13).

357 Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.

358 Dios creó todo para el hombre (cf. GS 12,1; 24,3; 39,1), pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación:

«¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta él y se sentara a su derecha» (San Juan Crisóstomo, Sermones in Genesim, 2,1: PG 54, 587D – 588A).

COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL

EN BUSCA DE UNA ÉTICA UNIVERSAL:
NUEVA PERSPECTIVA SOBRE LA LEY NATURAL
[*]

56. La moral no se puede contentar con producir normas. También debe favorecer la formación del sujeto para que se implique en su acción y sea capaz de adaptar los preceptos universales de la ley natural a las condiciones concretas de la existencia en contextos culturales diversos. Esta capacidad queda asegurada por las virtudes morales, en particular por la prudencia, que integra la singularidad para dirigir la acción concreta. El hombre prudente debe conocer no solo lo universal, sino también lo particular.

Para subrayar el carácter propio de esta virtud, santo Tomás de Aquino no temía en afirmar: «Si se llega a no tener más que uno de los dos conocimientos, es preferible que sea el de las realidades particulares que están más cerca de la operación»[58]. Con la prudencia se trata de penetrar en algo contingente que permanece siempre misterioso para la razón, de ceñirse a la realidad del modo más exacto posible, de asimilar la multiplicidad de las circunstancias, de captar con la mayor fidelidad posible una situación original e inefable. Este objetivo requiere numerosas operaciones y capacidades que la prudencia debe poner en juego.

57. No obstante, el sujeto no se debe perder en lo concreto ni en lo individual, como se ha reprochado a la «ética de situación». Debe descubrir la «correcta regla del actuar» y establecer una norma de acción adecuada. Esta regla recta brota de principios previos. Se puede pensar en los primeros principios de la razón práctica, pero hay que recurrir también a las virtudes morales para abrir y connaturalizar la voluntad y la afectividad sensible con los diferentes bienes humanos, e indicar así al hombre prudente cuáles son los fines que debe perseguir en medio del flujo de lo cotidiano.

Hasta este momento no se podrá formular una norma concreta que se imponga ni se podrá influir en la acción con sus circunstancias mediante un rayo de justicia, fortaleza o templanza. No sería incorrecto hablar aquí de una «inteligencia emocional»: las potencias racionales sin perder su especificidad, se ejercitan dentro del campo afectivo, de manera que la totalidad de la persona queda implicada en la acción moral.

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