# 116

I Macabeos 7

1 El año 151, Demetrio, hijo de Seleuco, salió de Roma y, con unos
pocos hombres, arribó a una ciudad marítima donde se proclamó rey.
2 Cuando se disponía a entrar en la residencia real de sus padres, el
ejército apresó a Antíoco y a Lisias para llevarlos a su presencia.
3 Al saberlo, dijo: «No quiero ver sus caras.»
4 El ejército los mató y Demetrio se sentó en su trono real.
5 Entonces todos los hombres sin ley e impíos de Israel acudieron a
él, con Alcimo al frente, que pretendía el sumo sacerdocio.
6 Ya en su presencia, acusaron al pueblo diciendo: «Judas y sus
hermanos han hecho perecer a todos tus amigos y a nosotros nos han
expulsado de nuestro país.
7 Envía, pues, ahora una persona de tu confianza, que vaya y vea los
estragos que en nosotros y en la provincia del rey han causado, y los
castigue a ellos y a todos los que les apoyan.»
8 El rey eligió a Báquides, uno de los amigos del rey, gobernador de
Transeufratina, grande en el reino y fiel al rey.
9 Le envió con el impío Alcimo, a quien concedió el sacerdocio, a
tomar venganza de los israelitas.
10 Partieron con un ejército numeroso y en llegando a la tierra de
Judá, enviaron mensajeros a Judas y sus hermanos con falsas proposiciones
de paz.
11 Pero éstos no hicieron caso de sus palabras, porque vieron que
habían venido con un ejército numeroso.
12 No obstante, un grupo de escribas se reunió con Alcimo y
Báquides, tratando de encontrar una solución justa.
13 Los asideos eran los primeros entre los israelitas en pedirles la paz,
14 pues decían: «Un sacerdote del linaje de Aarón ha venido con el
ejército: no nos hará ningún mal.»
15 Habló con ellos amistosamente y les aseguró bajo juramento: «No
intentaremos haceros mal ni a vosotros ni a vuestros amigos.»
16 Le creyeron, pero él prendió a sesenta de ellos y les hizo morir en
un mismo día, según la palabra que estaba escrita:
17 = «Esparcieron la carne y la sangre de tus santos en torno a
Jerusalén y no hubo quien les diese sepultura.» =
18 Con esto, el miedo hacia ellos y el espanto se apoderó del pueblo,
que decía: «No hay en ellos verdad ni justicia, pues han violado el pacto y
el juramento que habían jurado.»
19 Báquides partió de Jerusalén y acampó en Bet Zet. De allí mandó
a prender a muchos que habían desertado donde él y a algunos del pueblo,
los mató y los arrojó en el pozo grande.
20 Luego puso la provincia en manos de Alcimo, dejó con él tropas
que le sostuvieran y se marchó adonde el rey.
21 Alcimo luchó por el sumo sacerdocio.
22 Se le unieron todos los perturbadores del pueblo, se hicieron
dueños de la tierra de Judá y causaron graves males a Israel.
23 Viendo Judas todo el daño que Alcimo y los suyos hacían a los
hijos de Israel, mayor que el que habían causado los gentiles,
24 salió a recorrer todo el territorio de Judea para tomar venganza de
los desertores y no dejarles andar por la región.
25 Al ver Alcimo que Judas y los suyos cobraban fuerza y que él no
podía resistirles, se volvió donde el rey y les acusó de graves delitos.
26 El rey envió a Nicanor, uno de sus generales más distinguidos y
enemigo declarado de Israel, y le mandó exterminar al pueblo.
27 Nicanor llegó a Jerusalén con un ejército numeroso y envió a
Judas y sus hermanos un insidioso mensaje de paz diciéndoles:
28 «No haya lucha entre vosotros y yo; iré a veros amistosamente con
una pequeña escolta.»
29 Fue pues, donde Judas y ambos se saludaron amistosamente, pero
los enemigos estaban preparados para raptar a Judas.
30 Al conocer que había venido a él con engaños, se atemorizó Judas
y no quiso verle más.
31 Viendo descubiertos sus planes, Nicanor salió a enfrentarse con
Judas cerca de Cafarsalamá.
32 Cayeron unos quinientos hombres del ejército de Nicanor y los
demás huyeron a la Ciudad de David.
33 Después de estos sucesos, subió Nicanor al monte Sión. Salieron
del Lugar Santo sacerdotes y ancianos del pueblo para saludarle
amistosamente y mostrarle el holocausto que se ofrecía por el rey.
34 Pero él se burló de ellos, les escarneció, les mancilló y habló
insolentemente.
35 Colérico, les dijo con juramento: «Si esta vez no se me entrega
Judas y su ejército en mis manos, cuando vuelva, hecha la paz, prenderé
fuego a esta Casa.» Y salió lleno de furor.
36 Entraron los sacerdotes y, de pie ante el altar y el santuario,
exclamaron llorando:
37 «Tú has elegido esta Casa para que en ella fuese invocado tu
nombre y fuese casa de oración y súplica para tu pueblo;
38 toma vengaza de este hombre y de su ejército y caigan bajo la
espada. Acuérdate, de sus blasfemias y no les des tregua.»
39 Nicanor partió de Jerusalén y acampó en Bet Jorón, donde se le
unió un contingente de Siria.
40 Judas acampó en Adasá con 3.000 hombres y oró diciendo:
41 «Cuando los enviados del rey blasfemaron, salió tu ángel y mató a
185.000 de ellos;
42 destruye también hoy este ejército ante nosotros y reconozcan los
que queden que su jefe profirió palabras impías contra tu Lugar Santo;
júzgale según su maldad.»
43 El día trece del mes de Adar trabaron batalla los ejércitos y salió
derrotado el de Nicanor. Nicanor cayó el primero en el combate,
44 y su ejército, al verle caído, arrojó las armas y se dio a la fuga.
45 Les estuvieron persiguiendo un día entero, desde Adasá hasta
llegar a Gázara, dando aviso tras ellos con el sonido de las trompetas.
46 Salió gente de todos los pueblos judíos del contorno y,
envolviéndoles, les obligaron a volverse los unos sobre los otros. Todos
cayeron a espada; no quedó ni uno de ellos.
47 Tomaron los despojos y el botín; cortaron la cabeza de Nicanor y
su mano derecha, aquella que había extendido insolentemente, y las
llevaron para exponerlas a la vista de Jerusalén.
48 El pueblo se llenó de gran alegría; celebraron aquel día como un
gran día de regocijo
49 y acordaron conmemorarlo cada año el trece de Adar.
50 El país de Judá gozó de sosiego por algún tiempo.

I Macabeos 8

1 La fama de los romanos llegó a oídos de Judas. Decían que eran
poderosos, se mostraban benévolos con todos los que se les unían,
establecían amistad con cuantos acudían a ellos
2 (y eran poderosos). Le contaron sus guerras y las proezas que
habían realizado entre los galos, cómo les habían dominado y sometido a
tributo;
3 todo cuanto habían hecho en la región de Espanña para hacerse con
las minas de plata y oro de allí,
4 cómo se habían hecho dueños de todo el país gracias a su prudencia
y perseverancia (a pesar de hallarse aquel país a larga distancia del suyo); a
los reyes venidos contra ellos desde los confines de la tierra, los habían
derrotado e inferido fuerte descalabro, y los demás les pagaban tributo cada
año;
5 habían vencido en la guerra a Filipo, a Perseo, rey de los Kittim, y a
cuantos se habían alzado contra ellos, y los habían sometido;
6 Antíoco el Grande, rey de Asia, había ido a hacerles la guerra con
120 elefantes, caballería, carros y tropas muy numerosas, y fue derrotado,
7 le apresaron vivo y le obligaron, a él y a sus sucesores en el trono, a
pagarles un gran tributo, a entregar rehenes y a ceder
8 algunas de sus mejores provincias: la provincia índica, Media y
Lidia, que le quitaron para dárselas al rey Eumeno;
9 los de Grecia habían concebido el proyecto de ir a exterminarlos,
10 y en sabiéndolo los romanos, enviaron contra ellos a un solo
general, les hicieron la guerra, mataron a muchos de ellos, llevaron
cautivos a sus mujeres y niños, saquearon sus bienes, subyugaron el país,
arrasaron sus fortalezas y les sometieron a servidumbre hasta el día de hoy;
11 a los demás reinos y a las islas, a cuantos en alguna ocasión les
hicieron frente, los destruyeron y redujeron a servidumbre.
12 En cambio, a sus amigos y a los que en ellos buscaron apoyo, les
mantuvieron su amistad. Tienen bajo su dominio a los reyes vecinos y a los
lejanos y todos cuantos oyen su nombre les temen.
13 Aquellos a quienes quieren ayudar a conseguir el trono, reinan; y
deponen a los que ellos quieren. Han alcanzado gran altura.
14 No obstante, ninguno de ellos se ciñe la diadema ni se viste de
púrpura para engreírse con ella.
15 Se han creado un Consejo, donde cada día 320 consejeros
deliberan constantemente en favor del pueblo para mantenerlo en buen
orden.
16 Confían cada año a uno solo el mando sobre ellos y el dominio de
toda su tierra. Todos obedecen a este solo hombre sin que haya entre ellos
envidias ni celos.
17 Judas eligió a Eupólemo, hijo de Juan, y de Haqcós, y a Jasón, hijo
de Eleazar, y los envió a Roma a concertar amistad y alianza,
18 para sacudirse el yugo de encima, porque veían que el reino de los
griegos tenía a Israel sometido a servidumbre.
19 Partieron, pues, para Roma y luego de un larguísimo viaje,
entraron en el Consejo, donde tomando la palabra, dijeron:
20 Judas, llamado Macabeo, sus hermanos y el pueblo judío nos han
enviado donde vosotros para concertar con vosotros alianza y paz y para
que nos inscribáis en el número de vuestros aliados y amigos.»
21 La propuesta les pareció bien.
22 Esta es la copia de la carta que enviaron a Jerusalén, grabada en
planchas de bronce, para que fuesen allí para ellos documento de paz y
alianza:
23 «Felicidad a los romanos y a la nación de los judíos por mar y
tierra para siempre. Lejos de ellos la espada y el enemigo.
24 Pero, si le sobreviene una guerra primero a Roma o a cualquiera
de sus aliados en cualquier parte de sus dominios,
25 la nación de los judíos luchará a su lado, según las circunstancias
se lo dicten, de todo corazón.
26 No darán a los enemigos ni les suministrarán trigo, armas, dinero
ni naves. Así lo ha decidido Roma. Guardarán sus compromisos sin recibir
compensación alguna.
27 De la misma manera, si sobreviene una guerra primero a la nación
de los judíos, los romanos lucharán a su lado, según las circunstancías se lo
dicten, con toda el alma.
28 No darán a los combatientes trigo, armas, dinero ni naves. Así lo
ha decidido Roma. Guardarán sus compromisos sin dolo.
29 En estos términos se han concertado los romanos con el pueblo de
los judíos.
30 Si posteriormente unos y otros deciden añadir o quitar algo, lo
podrán hacer a su agrado, y lo que añadan o quiten será valedero.
31 «En cuanto a los males que el rey Demetrio les ha causado, le
hemos escrito diciéndole: “¿Por qué has hecho sentir pesadamente tu yugo
sobre nuestros amigos y aliados los judíos?
32 Si otra vez vuelven a quejarse de ti, nosotros les haremos justicia y
te haremos la guerra por mar y tierra.”»

I Macabeos 9

1 Cuando supo Demetrio que Nicanor y su ejército habían caído en la
guerra, envió a la tierra de Judá, en una nueva expedición, a Báquides y
Alcimo con el ala derecha de su ejército.
2 Tomaron el camino de Galilea y pusieron cerco a Mesalot en el
territorio de Arbelas; se apoderaron de ella y mataron mucha gente.
3 El primer mes del año 152 acamparon frente a Jerusalén,
4 de donde partieron con 20.000 hombres y 2.000 jinetes en dirección
a Beerzet.
5 Judas tenía puesto su campamento en Eleasá y estaban con él 3.000
hombres escogidos.
6 Pero al ver la gran muchedumbre de los enemigos, les entró mucho
miedo y muchos escaparon del campamento; no quedaron más que
ochocientos hombres.
7 Judas vio que su ejército estaba desbandado y que la batalla le
apremiaba, y se le quebrantó el corazón, pues no había tiempo de volverlos
a juntar.
8 Aunque desfallecido, dijo a los que le habían quedado:
«Levantémonos y subamos contra nuestros adversarios por si podemos
hacerles frente.»
9 Trataban de disuadirle diciéndole: «No podemos; salvemos nuestras
vidas de momento y volvamos luego con nuestros hermanos para combatir
contra ellos, que ahora estamos pocos.»
10 Judas replicó: «¡Eso nunca, obrar así y huir ante ellos! Si nuestra
hora ha llegado, muramos con valor por nuestros hermanos y no dejemos
tacha a nuestra gloria.»
11 Salió la tropa del campamento y se ordenó para irles al encuentro:
la caballería dividida en dos escuadrones, arqueros y honderos en
avanzadilla, y los más aguerridos en primera línea;
12 Báquides ocupaba el ala derecha. La falange se acercó por los dos
lados y tocaron las trompetas. Los que estaban con Judas tocaron también
las suyas,
13 y la tierra se estremeció con el estruendo de los ejércitos. Se trabó
el combate y se mantuvo desde el amanecer hasta la caída de la tarde.
14 Vio Judas que Báquides y sus mejores tropas se encontraban en la
parte derecha; se unieron a él los más esforzados,
15 y derrotaron al ala derecha y la persiguieron hasta los montes de
Azara.
16 Pero el ala izquierda, al ver derrotada el ala derecha, se volvió
sobre los pasos de Judas y los suyos, por detrás.
17 La lucha se encarnizó y cayeron muchos de uno y otro bando.
18 Judas cayó y los demás huyeron.
19 Jonatán y Simón tomaron a su hermano Judas y le dieron sepultura
en el sepulcro de sus padres en Modín.
20 Todo Israel le lloró, hizo gran duelo por él y muchos días
estuvieron repitiendo esta lamentación:
21 «¡Cómo ha caído el héroe que salvaba a Israel!»
22 Las demás empresas de Judas, sus guerras, proezas que realizó,
ocasiones en que alcanzó gloria, fueron demasiado numerosas para ser
escritas.
23 Con la muerte de Judas asomaron los sin ley por todo el territorio
de Israel y levantaron cabeza todos los que obraban la iniquidad.
24 Hubo entonces un hambre extrema y el país se pasó a ellos.
25 Báquides escogió hombres impíos y los puso al frente del país.
26 Se dieron éstos a buscar con toda su suerte de pesquisas a los
amigos de Judas y los llevaban a Báquides, que les castigaba y escarnecía.
27 Tribulación tan grande no sufrió Israel desde los tiempos en que
dejaron de aparecer profetas.
28 Entonces todos los amigos de Judas se reunieron y dijeron a
Jonatán:
29 «Desde la muerte de tu hermano Judas no tenemos un hombre
semejante a él que salga y vaya contra los enemigos, contra Báquides y
contra los que odian a nuestra nación.
30 Por eso, te elegimos hoy a ti para que, ocupando el lugar de tu
hermano, seas nuestro jefe y guía en la lucha que sostenemos.»
31 En aquel momento Jonatán tomó el mando como sucesor de su
hermano Judas.
32 Al enterarse Báquides trataba de hacer morir a Jonatán.
33 Pero Jonatán lo supo y su hermano Simón y todos sus partidarios y
huyeron al desierto de Técoa, donde establecieron su campamento junto a
las aguas de la cisterna de Asfar.
34 (Báquides se enteró un día de sábado y pasó con todas las tropas al
lado de allá del Jordán.)
35 Jonatán envió a su hermano, jefe de la tropa, a pedir a sus amigos
los nabateos autorización para dejar con ellos su impedimenta, que era
mucha.
36 Pero los hijos de Amrai, los de Medabá, hicieron una salida, se
apoderaron de Juan y de cuanto llevaba y se alejaron con su presa.
37 Después de esto, Jonatán y su hermano Simón, recibieron la
noticia de que los hijos de Amrai celebraban una espléndida boda y traían
de Nabatá, en medio de gran pompa, a la novia, hija de uno de los
principales de Canaán.
38 Recordaron entonces el sangriento fin de su hermano Juan y
subieron a ocultarse al abrigo de la montaña.
39 Al alzar los ojos, vieron que avanzaba en medio de confusa
algazara una numerosa caravana, y que a su encuentro venía el novio,
acompañado de sus amigos y hermanos, con tambores, música y gran
aparato.
40 Salieron entonces de su emboscada y cayeron sobre ellos para
matarlos. Muchos cayeron muertos y los demás huyeron a la montaña. Se
hicieron con todos sus despojos.
41 = La boda acabó en duelo y la música en lamentación. =
42 Una vez tomada venganza de la sangre de su hermano, se
volvieron a las orillas pantanosas del Jordán.
43 Al enterarse Báquides, vino el día de sábado con numerosa tropa a
las riberas del Jordán.
44 Jonatán dijo a su gente: «Levantémonos y luchemos por nuestras
vidas, que hoy no es como ayer y anteayer.
45 Delante de nosotros y detrás, la guerra; por un lado y por otro, las
aguas del Jordán, las marismas, las malezas: no hay lugar a donde retirarse.
46 Levantad, pues, ahora la voz al Cielo para salvaros de las manos
de vuestros enemigos.»
47 Entablado el combate, Jonatán tendió su mano para herir a
Báquides y éste le esquivó echándose atrás,
48 con lo que Jonatán y los suyos pudieron lanzarse al Jordán y ganar
a nado la orilla opuesta. Sus enemigos no atravesaron el río en su
persecución.
49 Unos mil hombres del ejército de Báquides sucumbieron aquel día.
50 Vuelto a Jerusalén, hizo Báquides levantar ciudades fortificadas en
Judea: la fortaleza de Jericó, Emaús, Bet Jorón, Betel, Tamnatá, Faratón y
Tefón, con altas murallas, puertas y cerrojos
51 y puso en ellas guarniciones que hostilizaran a Israel.
52 Fortificó también la ciudad de Bet Sur, Gázara y la Ciudadela, y
puso en ellas tropas y depósitos de víveres.
53 Tomó como rehenes a los hijos de los principales de la región y
los dejó bajo guardia en la Ciudadela de Jerusalén.
54 El segundo mes del año 153, ordenó Alcimo demoler el muro del
atrio interior del Lugar Santo. Destruía con ello la obra de los profetas.
Había comenzado la demolición,
55 cuando en aquel tiempo sufrió Alcimo un ataque y su obra quedó
parada. Se le obstruyó la boca y se le quedó paralizada, de suerte que no le
fue posible ya pronunciar palabra ni dar disposiciones en la tocante a su
casa.
56 Alcimo murió entonces en medio de grandes sufrimientos.
57 Cuando Báquides vio que había muerto Alcimo, se volvió adonde
el rey y hubo tranquilidad en el país de Judá por espacio de dos años.
58 Todos los sin ley se confabularon diciendo: «Jonatán y los suyos
viven tranquilos y confiados. Hagamos, pues, venir ahora a Báquides y los
prenderá a todos ellos en una sola noche.»
59 Fueron a comunicar el plan con él,
60 y Báquides se puso en marcha con un fuerte ejército. Envió cartas
secretas a sus alidados de Judea ordenándoles prender a Jonatán y a los
suyos. Pero no pudieron, porque fueron conocidas sus intenciones,
61 antes bien ellos prendieron a unos cincuenta hombres de la región,
cabecillas de esta maldad, y les dieron muerte.
62 A continuación, Jonatán, Simón y los suyos se retiraron a Bet
Basí, en el desierto, repararon lo que en aquella plaza estaba derruido y la
fortificaron.
63 En sabiéndolo Báquides, juntó a toda su gente y convocó a sus
partidarios de Judea.
64 Llegó y puso cerco a Bet Basí, la atacó durante muchos días y
construyó ingenios de guerra.
65 Jonatán, dejando a su hermano Simón en la ciudad, salió por la
región y fue con una pequeña tropa,
66 con la que derrotó en su campamento a Odomerá y a sus
hermanos, así como a los hijos de Fasirón. Estos empezaron a herir y a
subir con las tropas.
67 Simón y sus hombres, por su parte, salieron de la ciudad y dieron
fuego a los ingenios.
68 Trabaron combate con Báquides, le derrotaron y le dejaron sumido
en profunda amargura, porque habían fracasado su plan y su ataque.
69 Montó en cólera contra los hombres sin ley que le habían
aconsejado venir a la región, mató a muchos de ellos y decidió volverse a
su tierra.
70 Al saberlo, le envió Jonatán legados para concertar con él la paz y
conseguir que les devolviera los prisioneros.
71 Báquides aceptó y accedió a las peticiones de Jonatán. Se
comprometió con juramento a no hacerle mal en todos los días de su vida,
72 y le devolvió los prisioneros que anteriormente había capturado en
el país de Judá. Partió luego para su tierra y no volvió más a territorio judío.
73 Así descansó la espada en Israel. Jonatán se estableció en Mikmas,
comenzó a juzgar al pueblo e hizo desaparecer de Israel a los impíos.

I Macabeos 10

1 El año 160, Alejandro Epífanes, hijo de Antíoco, vino por mar y
ocupó Tolemaida donde, siendo bien acogido, se proclamó rey.
2 Al tener noticia de ello, el rey Demetrio juntó un ejército muy
numeroso y salió a su encuentro para combatir con él.
3 Envió también Demetrio una carta amistosa a Jonatán en que
prometía engrandecerle,
4 porque se decía: «Adelantémonos a hacer la paz con ellos antes que
Jonatán la haga con Filipo contra nosotros,
5 al recordar los males que le causamos a él, a sus hermanos y a su
nación.»
6 Le concedía autorización para reclutar tropas, fabricar armamento y
contarse entre sus aliados. Mandaba, además, que le fuesen entregados los
rehenes que se encontraban en la Ciudadela.
7 Jonatán fue a Jerusalén y leyó la carta a oídos de todo el pueblo y
de los que ocupaban la Ciudadela.
8 Les entró mucho miedo cuando oyeron que el rey le concedía
autorización para reclutar tropas.
9 La gente de la Ciudadela entregó los rehenes a Jonatán y él los
devolvió a sus padres.
10 Jonatán fijó su residencia en Jerusalén y se dio a reconstruir y
restaurar la ciudad.
11 Ordenó a los encargados de las obras levantar las murallas y
rodear el monte Sión con piedras de sillería para fortificarlo, y así lo
hicieron.
12 Los extranjeros que ocupaban las fortalezas levantadas por
Báquides, huyeron;
13 abandonando sus puestos partieron cada uno para su país.
14 Sólo en Bet Sur quedaron algunos de los que habían abandonado
la Ley y los preceptos porque esta plaza era su refugio.
15 El rey Alejandro se enteró de los ofrecimientos que Demetrio
había hecho a Jonatán. Le contaron además las guerras y proezas que él y
sus hermanos habían realizado y los trabajos que habían sufrido.
16 Y dijo: «¿Podremos hallar otro hombre como éste? Hagamos de él
un amigo y un aliado nuestro.»
17 Le escribió, pues, y le envió una carta redactada en los siguientes
términos:
18 «El rey Alejandro saluda a su hermano Jonatán.
19 Hemos oído que eres un valiente guerrero y digno de ser amigo
nuestro.
20 Por eso te nombramos hoy sumo sacerdote de tu nación y te
concedemos el título de amigo del rey – le enviaba al mismo tiempo una
clámide de púrpura y una corona de oro -. Por tu parte, haz tuya nuestra
causa y guárdanos tu amistad.»
21 El séptimo mes del año 160, con ocasión de la fiesta de las
Tiendas, vistió Jonatán los ornamentos sagrados; reclutó tropas y fabricó
gran cantidad de armanento.
22 Demetrio, al saber lo sucedido, dijo disgustado:
23 «¿Qué hemos hecho para que Alejandro se nos haya adelantado en
ganar la amistad y el apoyo de los judíos?
24 Les escribiré también yo con ofrecimientos de dignidades y
riquezas para que sean auxiliares míos.»
25 Y les escribió en estos términos:
26 El rey Demetrio saluda a la nación de los judíos. Nos hemos
enterado con satisfacción de que habéis guardado los términos de nuestra
alianza y perseverado en nuestra amistad sin pasaros al bando de nuestros
enemigos.
27 Continuad, pues guardándonos fidelidad y os recompensaremos
por todo lo que por nosotros hagáis.
28 Os descargaremos de muchas obligaciones y os concederemos
favores.
29 Y ya desde ahora os libero y descargo a todos los judíos de las
contribuciones, del impuesto de la sal y de las coronas.
30 Renuncio también de hoy en adelante a percibir el tercio de los
granos y la mitad de los frutos de los árboles que me correspondían, del país
de Judá y también de los tres distritos que le son anexionados de Samaría –
Galilea… a partir de hoy para siempre.
31 Jerusalén sea santa y exenta, así como todo su territorio, sus
diezmos y tributos.
32 Renuncio asimismo a mi soberanía sobre la Ciudadela de
Jerusalén y se la cedo al sumo sacerdote que podrá poner en ella de
guarnición a los hombres que él elija.
33 A todo judío llevado cautivo de Judá a cualquier parte de mi reino,
le devuelvo la libertad sin rescate. Todos queden libres de tributo, incluso
sobre sus ganados.
34 Todas las fiestas, los sábados y los novilunios y, además del día
fijado, los tres días que las preceden y los tres que las siguen, sean todos
ellos días de inmunidad y franquicia para todos los judíos residentes en mi
reino:
35 nadie tendrá autorización para demandarles ni inquietarles a
ninguno de ellos por ningún motivo.
36 En los ejércitos del rey sean alistados hasta 30.000 judíos que
percibirán la soldada asignada a las demás tropas del rey.
37 De ellos, algunos serán apostados en las fortalezas importantes del
rey y otros ocuparán puestos de confianza en el reino. Sus oficiales y jefes
salgan de entre ellos, y vivan conforme a sus leyes, como lo ha dispuesto el
rey para el país de Judá.
38 Los tres distritos incorporados a Judea, de la provincia de Samaría,
queden anexionados a Judea y contados por suyos, de modo que, sometidos
a un mismo jefe, no acaten otra autoridad que la del sumo sacerdote.
39 Entrego Tolemaida y sus dominios como obsequio al Lugar Santo
de Jerusalén para cubrir los gastos normales del Lugar Santo.
40 Por mi parte, daré cada año 15.000 siclos de plata, que se tomarán
de los ingresos reales en las localidades convenientes.
41 Todo el excedente que los funcionarios no hayan entregado como
en años anteriores, lo darán desde ahora para las obras de la Casa.
42 Además, los 5.000 siclos de plata que se deducían de los ingresos
del Lugar Santo en la cuenta de cada año, los cedo por ser emolumento de
los sacerdotes en servicio del culto.
43 Todo aquel que por deudas con los impuestos reales, o por
cualquier otra deuda, se refugie en el Templo de Jerusalén o en su recinto,
quede inmune, él y cuantos bienes posea en mi reino.
44 Los gastos que se originen de las construcciones y reparaciones en
el Lugar Santo correrán a cuenta del rey.
45 Los gastos de la construcción de las murallas de Jerusalén y la
fortificación de su recinto correrán asimismo a cuenta del rey, como
también la reconstrucción de murallas en Judea.»
46 Cuando Jonatán y el pueblo oyeron tales ofrecimientos, no les
dieron crédito ni los aceptaron, porque recordaban los graves males que
Demetrio había causado a Israel y la opresión tan grande a que les había
sometido.
47 Se decidieron, pues, por el partido de Alejandro que, a su parecer,
les ofrecía mayores ventajas y fueron aliados suyos en todo tiempo.
48 El rey Alejandro juntó un gran ejército y acampó frente a
Demetrio.
49 Los dos reyes trabaron combate y salió huyendo el ejército de
Alejandro. Demetrio se lanzó en su persecución y prevaleció sobre ellos.
50 Mantuvo vigorosamente el combate hasta la puesta del sol. Pero
en aquella jornada Demetrio sucumbió.
51 Alejandro envió embajadores a Tolomeo, rey de Egipto, con el
siguiente mensaje:
52 «Vuelto a mi reino, me he sentado en el trono de mis padres y
ocupado el poder después de derrotar a Demetrio y hacerme dueño de
nuestro país;
53 porque trabé combate con él y luego de derrotarle a él y a su
ejército, nos hemos sentado en su trono real.
54 Establezcamos, pues, vínculos de amistad entre nosotros y dame a
tu hija por esposa; seré tu yerno y te haré, como a ella, presentes dignos de
ti.»
55 El rey Tolomeo le contestó diciendo: «¡Dichoso el día en que,
vuelto al país de tus padres, te sentaste en el trono de su reino!
56 Pues bien, haré por tí lo que has escrito. Pero ven a encontrarme
en Tolemaida donde nos veamos el uno al otro, y te tomaré por yerno como
has dicho.»
57 Tolomeo partió de Egipto llevando consigo a su hija Cleopatra y
llegó a Tolemaida. Era el año 162.
58 El rey Alejandro fue a su encuentro, y Tolomeo le entregó a su
hija Cleopatra y celebró la boda en Tolemaida con la gran magnificencia
que suelen los reyes.
59 El rey Alejandro escribió a Jonatán que fuera a verle.
60 Partió éste con gran pompa hacia Tolemaida, se entrevistó con los
reyes, les dio a ellos y a sus amigos plata y oro, les hizo numerosos
presentes y halló gracia a sus ojos.
61 Entonces se unieron contra él algunos rebeldes, peste de Israel,
para querellarse de él, pero el rey no les hizo ningún caso;
62 antes bien, dio orden de que le quitaran a Jonatán sus vestidos y le
vistieran de púrpura. Cumplida la orden,
63 le hizo el rey sentar a su lado y dijo a sus capitanes: «Salid con él
por medio de la ciudad y anunciad a voz de heraldo que nadie le levante
acusación alguna ni le molesten por ningún motivo.»
64 Sus acusadores, que vieron el honor que a voz de heraldo se le
hacía y a él vestido de púrpura, huyeron todos.
65 El rey, queriendo honrarle, le inscribió entre sus primeros amigos
y le nombró estratega y meridarca.
66 Jonatán regresó a Jerusalén con paz y alegría.
67 El año 165, Demetrio, hijo de Demetrio, vino de Creta al país de
sus padres.
68 Al enterarse el rey Alejandro, quedó muy disgustado y se volvió a
Antioquía.
69 Demetrio confirmó a Apolonio como gobernador de Celesiria, el
cual, juntando un numeroso ejército, acampó en Yamnia y envió a decir a
Jonatán, sumo sacerdote:
70 «Tú eres el único en levantarte contra nosotros, y por tu causa he
venido a ser yo objeto de irrisión y desprecio. ¿Por qué ejerces tu poder
contra nosotros desde las montañas?
71 Si es que tienes confianza en tus fuerzas, baja ahora a encontrarte
con nosotros en la llanura y allí nos mediremos, que conmigo está la fuerza
de las ciudades.
72 Pregunta y sabrás quién soy yo y quiénes los auxiliares nuestros.
Ellos dicen que no podréis manteneros frente a nosotros, que ya dos veces
tus padres fueron derrotados en su país,
73 y que ahora no podrás resistir a la caballería y a un ejército tan
grande en la llanura donde no hay piedra, ni roca, ni lugar donde huir.»
74 Cuando Jonatán oyó las palabras de Apolonio, se le sublevó el
espíritu. Escogió 10.000 hombres y partió de Jerusalén. Su hermano Simón
fué a su encuentro para ayudarle.
75 Acampó frente a Joppe. Los de la ciudad le cerraron las puertas,
porque había en Joppe una guarnición de Apolonio. La atacaron
76 y la gente de la ciudad, atemorizada, les abrió las puertas, y
Jonatán se hizo dueño de Joppe.
77 Cuando Apolonio se enteró, puso en pie de guerra 3.000 jinetes y
un numeroso ejército y partió en dirección a Azoto, como que quería pasar
por allí, pero al mismo tiempo se iba adentrando en la llanura porque tenía
mucha caballería y confiaba en ella.
78 Jonatán fue tras él persiguiéndole hacia Azoto y ambos ejércitos
trabaron combate.
79 Había dejado Apolonio mil jinetes ocultos a espaldas de ellos.
80 Se dio cuenta Jonatán de que a sus espaldas había una emboscada.
Estos rodearon su ejército y dispararon tiros sobre la tropa desde la mañana
hasta el atardecer;
81 pero la tropa se mantuvo firme, como lo había ordenado Jonatán, y
los caballos de los enemigos se cansaron.
82 Sacó entonces Simón su ejército y atacó a la falange – pues ya la
caballería estaba agotada – la derrotó y puso en fuga,
83 mientras la caballería se desbandaba por la llanura. En su huida
llegaron a Azoto y entraron en Bet Dagón, el templo de su ídolo, para
salvarse.
84 Pero Jonatán prendió fuego a Azoto y a las ciudades que la
rodeaban , se hizo con el botín y abrasó el templo de Dagón y a los que en
él se habían refugiado.
85 Los muertos por la espada y los abrasados por el fuego fueron
unos 8.000 hombres.
86 Partió de allí Jonatán y acampó frente a Ascalón, donde los
habitantes salieron a recibirle con grandes honores.
87 Luego Jonatán regresó a Jerusalén con los suyos, cargados de rico
botín.
88 Cuando el rey Alejandro se enteró de estos acontecimientos,
concedió nuevos honores a Jonatán,
89 le envió una fíbula de oro, como es costumbre conceder a los
parientes de los reyes, y le dio en propiedad Acarón y todo su territorio.

Cantar 2

1 – Yo soy el narciso de Sarón, el lirio de los valles.
2 – Como el lirio entre los cardos, así mi amada entre las mozas.
3 – Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi amado entre
los mozos. A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al
paladar.
4 Me ha llevado a la bodega, y el pendón que enarbola sobre mí es
Amor.
5 Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme, que
enferma estoy de amor.
6 Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me abraza.
7 – Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas
del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca.
8 ¡La voz de mi amado! Helo aquí que ya viene, saltando por los
montes, brincando por los collados.
9 Semejante es mi amado a una gacela, o un joven cervatillo. Vedle ya
que se para detrás de nuestra cerca, mira por las ventanas, atisba por las
rejas.
10 Empieza a hablar mi amado, y me dice: «Levántate, amada mía,
hermosa mía, y vente.
11 Porque, mira, ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se
han ido.
12 Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones es
llegado, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra.
13 Echa la higuera sus yemas, y las viñas en cierne exhalan su
fragancia. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente!
14 Paloma mía, en las grietas de la roca, en escarpados escondrijos,
muéstrame tu semblante, déjame oír tu voz; porque tu voz es dulce, y
gracioso tu semblante.»
15 Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas,
pues nuestras viñas están en flor.
16 Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado: él pastorea entre los
lirios.
17 Antes que sople la brisa del día y se huyan las sombras, vuelve, sé
semejante, amado mío, a una gacela o a un joven cervatillo por los montes
de Béter.

Cantar 3

1 En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi alma.
Busquéle y no le hallé.
2 Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y las plazas
buscaré al amor de mi alma. Busquéle y no le hallé.
3 Los centinelas me encontraron, los que hacen la ronda en la ciudad:
«¿Habéis visto al amor de mi alma?»
4 Apenas habíalos pasado, cuando encontré al amor de mi alma. Le
aprehendí y no le soltaré hasta que le haya introducido en la casa de mi
madre, en la alcoba de la que me concibió.
5 Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del
campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca.
6 ¿Qué es eso que sube del desierto, cual columna de humo sahumado
de mirra y de incienso, de todo polvo de aromas exóticos?
7 Ved la litera de Salomón. Sesenta valientes en torno a ella, la flor de
los valientes de Israel:
8 todos diestros en la espada, veteranos en la guerra. Cada uno lleva su
espada al cinto, por las alarmas de la noche.
9 El rey Salomón se ha hecho un palanquín de madera del Líbano.
10 Ha hecho de plata sus columnas, de oro su respaldo, de púrpura su
asiento; su interior, tapizado de amor por las hijas de Jerusalén.
11 Salid a contemplar, hijas de Sión, a Salomón el rey, con la diadema
con que le coronó su madre el día de sus bodas, el día del gozo de su
corazón.

Cantar 4

1 ¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! Palomas son tus ojos a
través de tu velo; tu melena, cual rebaño de cabras, que ondulan por el
monte Galaad.
2 Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo que salen de bañarse:
todas tienen mellizas, y entre ellas no hay estéril.
3 Tus labios, una cinta de escarlata, tu hablar, encantador. Tus
mejillas, como cortes de granada a través de tu velo.
4 Tu cuello, la torre de David, erigida para trofeos: mil escudos
penden de ella, todos paveses de valientes.
5 Tus dos pechos, cual dos crías mellizas de gacela, que pacen entre
lirios.
6 Antes que sople la brisa del día, y se huyan las sombras, me iré al
monte de la mirra, a la colina del incienso.
7 ¡Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti!
8 Ven del Líbano, novia mía, ven del Líbano, vente. Otea desde la
cumbre del Amaná, desde la cumbre del Sanir y del Hermón, desde las
guaridas de leones, desde los montes de leopardos.
9 Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón
con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar.
10 ¡Qué hermosos tus amores, hermosa mía, novia! ¡Qué sabrosos tus
amores! ¡más que el vino! ¡Y la fragancia de tus perfumes, más que todos
los bálsamos!
11 Miel virgen destilan tus labios, novia mía. Hay miel y leche debajo
de tu lengua; y la fragancia de tus vestidos, como la fragancia del Líbano.
12 Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente
sellada.
13 Tus brotes, un paraíso de granados, con frutos exquisitos:
14 nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de
incienso, mirra y áloe, con los mejores bálsamos.
15 ¡Fuente de los huertos, pozo de aguas vivas, corrientes que del
Líbano fluyen!
16 ¡Levántate, cierzo, ábrego, ven! ¡Soplad en mi huerto, que exhale
sus aromas! ¡Entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos!

Lucas 8

1 Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos,
proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le
acompañaban los Doce,
2 y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y
enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete
demonios,
3 Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras
muchas que les servían con sus bienes.
4 Habiéndose congregado mucha gente, y viniendo a él de todas las
ciudades, dijo en parábola:
5 «Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte
cayó a lo largo del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron;
6 otra cayó sobre piedra, y después de brotar, se secó, por no tener
humedad;
7 otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la
ahogaron.
8 Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado.»
Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»
9 Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola,
10 y él dijo: «A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del
Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que = viendo, no vean y,
oyendo, no entiendan. =
11 «La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios.
12 Los de a lo largo del camino, son los que han oído; después viene
el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven.
13 Los de sobre piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con
alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de
la prueba desisten.
14 Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo
de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los
placeres de la vida, y no llegan a madurez.
15 Lo que en buena tierra, son los que, después de haber oído,
conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con
perseverancia.
16 «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone
debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que
entren vean la luz.
17 Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que
no venga a ser conocido y descubierto.
18 Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no
tenga, aun lo que crea tener se le quitará.»
19 Se presentaron donde él su madre y sus hermanos, pero no podían
llegar hasta él a causa de la gente.
20 Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren
verte.»
21 Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que
oyen la Palabra de Dios y la cumplen.»
22 Sucedió que cierto día subió a una barca con sus discípulos, y les
dijo: «Pasemos a la otra orilla del lago.» Y se hicieron a la mar.
23 Mientras ellos navegaban, se durmió. Se abatió sobre el lago una
borrasca; se inundaba la barca y estaban en peligro.
24 Entonces, acercándose, le despertaron, diciendo: «¡Maestro,
Maestro, que perecemos!» El, habiéndose despertado, increpó al viento y al
oleaje, que amainaron, y sobrevino la bonanza.
25 Entonces les dijo: «¿Dónde está vuestra fe?» Ellos, llenos de temor,
se decían entre sí maravillados: «Pues ¿quién es éste, que impera a los
vientos y al agua, y le obedecen?»
26 Arribaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea.
27 Al saltar a tierra, vino de la ciudad a su encuentro un hombre,
poseído por los demonios, y que hacía mucho tiempo que no llevaba
vestido, ni moraba en una casa, sino en los sepulcros.
28 Al ver a Jesús, cayó ante él, gritando con gran voz: «¿Qué tengo yo
contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te suplico que no me atormentes.»
29 Es que él había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel
hombre; pues en muchas ocasiones se apoderaba de él; le sujetaban con
cadenas y grillos para custodiarle, pero rompiendo las ligaduras era
empujado por el demonio al desierto.
30 Jesús le preguntó: «¿Cuál es tu nombre? «El contestó: «Legión»;
porque habían entrado en él muchos demonios.
31 Y le suplicaban que no les mandara irse al abismo.
32 Había allí una gran piara de puercos que pacían en el monte; y le
suplicaron que les permitiera entrar en ellos; y se lo permitió.
33 Salieron los demonios de aquel hombre y entraron en los puercos;
y la piara se arrojó al lago de lo alto del precipicio, y se ahogó.
34 Viendo los porqueros lo que había pasado, huyeron y lo contaron
por la ciudad y por las aldeas.
35 Salieron, pues, a ver lo que había ocurrido y, llegando donde Jesús,
encontraron al hombre del que habían salido los demonios, sentado, vestido
y en su sano juicio, a los pies de Jesús; y se llenaron de temor.
36 Los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el
endemoniado.
37 Entonces toda la gente del país de los gerasenos le rogaron que se
alejara de ellos, porque estaban poseídos de gran temor. El, subiendo a la
barca, regresó.
38 El hombre de quien habían salido los demonios, le pedía estar con
él; pero le despidió, diciendo:
39 «Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo.» Y
fue por toda la ciudad proclamando todo lo que Jesús había hecho con él.
40 Cuando regresó Jesús, le recibió la muchedumbre, pues todos le
estaban esperando.
41 Y he aquí que llegó un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la
sinagoga, y cayendo a los pies de Jesús, le suplicaba entrara en su casa,
42 porque tenía una sola hija, de unos doce años, que estaba
muriéndose. Mientras iba, las gentes le ahogaban.
43 Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce
años, y que no había podido ser curada por nadie,
44 se acercó por detrás y tocó la orla de su manto, y al punto se le paró
el flujo de sangre.
45 Jesús dijo: «¿Quién me ha tocado?» Como todos negasen, dijo
Pedro: «Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.»
46 Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, porque he sentido que una
fuerza ha salido de mí.»
47 Viéndose descubierta la mujer, se acercó temblorosa, y postrándose
ante él, contó delante de todo el pueblo por qué razón le había tocado, y
cómo al punto había sido curada.
48 El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz.»
49 Estaba todavía hablando, cuando uno de casa del jefe de la
sinagoga llega diciendo: «Tu hija está muerta. No molestes ya al Maestro.»
50 Jesús, que lo oyó, le dijo: «No temas; solamente ten fe y se
salvará.»
51 Al llegar a la casa, no permitió entrar con él más que a Pedro, Juan
y Santiago, al padre y a la madre de la niña.
52 Todos la lloraban y se lamentaban, pero él dijo: «No lloréis, no ha
muerto; está dormida.»
53 Y se burlaban de él, pues sabían que estaba muerta.
54 El, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate.»
55 Retornó el espíritu a ella, y al punto se levantó; y él mandó que le
dieran a ella de comer.
56 Sus padres quedaron estupefactos, y él les ordenó que a nadie
dijeran lo que había pasado.

Lucas 9

1 Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los
demonios, y para curar enfermedades;
2 y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar.
3 Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni
pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno.
4 Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis
de allí.
5 En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad,
sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.»
6 Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y
curando por todas partes.
7 Se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba
perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los
muertos;
8 otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos
profetas había resucitado.
9 Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien
oigo tales cosas?» Y buscaba verle.
10 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho.
Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada
Betsaida.
11 Pero las gentes lo supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les
hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de
ser curados.
12 Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le
dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del
contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar
deshabitado.»
13 El les dijo: «Dadles vosotros de comer.» Pero ellos respondieron:
«No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos
nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»
14 Pues había como 5.000 hombres. El dijo a sus discípulos: «Haced
que se acomoden por grupos de unos cincuenta.»
15 Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos.
16 Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los
ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando
a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente.
17 Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les
habían sobrado: doce canastos.
18 Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él
los discípulos y él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
19 Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías;
otros, que un profeta de los antiguos había resucitado.»
20 Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó:
«El Cristo de Dios.»
21 Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.
22 Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por
los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al
tercer día.»
23 Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
24 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su
vida por mí, ése la salvará.
25 Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si
él mismo se pierde o se arruina?
26 Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se
avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su
Padre y en la de los santos ángeles.
27 «Pues de verdad os digo que hay algunos, entre los aquí presentes,
que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios.»
28 Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó
consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar.
29 Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y
sus vestidos eran de una blancura fulgurante,
30 y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y
Elías;
31 los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a
cumplir en Jerusalén.
32 Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero
permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban
con él.
33 Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús:
«Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti,
otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.
34 Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió
con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor.
35 Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi
Elegido; escuchadle.»
36 Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos
callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
37 Sucedió que al día siguiente, cuando bajaron del monte, le salió al
encuentro mucha gente.
38 En esto, un hombre de entre la gente empezó a gritar: «Maestro, te
suplico que mires a mi hijo, porque es el único que tengo,
39 y he aquí que un espíritu se apodera de él y de pronto empieza a
dar gritos, le hace retorcerse echando espuma, y difícilmente se aparta de él,
dejándole quebrantado.
40 He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.»
41 Respondió Jesús: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta
cuándo estaré con vosotros y habré de soportaros? ¡Trae acá a tu hijo!»
42 Cuando se acercaba, el demonio le arrojó por tierra y le agitó
violentamente; pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo
devolvió a su padre;
43 y todos quedaron atónitos ante la grandeza de Dios. Estando todos
maravillados por todas las cosas que hacía, dijo a sus discípulos:
44 «Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a
ser entregado en manos de los hombres.»
45 Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo
que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

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