# 122

Job 21

1 Job tomó la palabra y dijo:
2 Escuchad, escuchad mis razones, dadme siquiera este consuelo.
3 Tened paciencia mientras hablo yo, cuando haya hablado, os podréis
burlar.
4 ¿Acaso me quejo yo de un hombre? ¿Por qué entonces no he de ser
impaciente?
5 Volved hacia mí: quedaréis espantados y la mano pondréis en
vuestra boca.
6 Que yo mismo me horrorizo al recordarlo, y mi carne es presa de un
escalofrío.
7 ¿Por qué siguen viviendo los malvados, envejecen y aún crecen en
poder?
8 Su descendencia ante ellos se afianza, sus vástagos se afirman a su
vista.
9 En paz sus casas, nada temen, la vara de Dios no cae sobre ellos.
10 Su toro fecunda sin marrar, sin abortar su vaca pare.
11 Dejan correr a sus niños como ovejas, sus hijos brincan como
ciervos.
12 Cantan con arpa y cítara, al son de la flauta se divierten.
13 Acaban su vida en la ventura, en paz descienden al seol.
14 Y con todo, a Dios decían: «¡Lejos de nosotros, no queremos
conocer tus caminos!
15 ¿Qué es Sadday para que le sirvamos, qué podemos ganar con
aplacarle?»
16 ¿No está en sus propias manos su ventura, aunque el consejo de los
malos quede lejos de Dios?
17 ¿Cuántas veces la lámpara de los malos se apaga, su desgracia
irrumpe sobre ellos, y él reparte dolores en su cólera?
18 ¿Son como paja ante el viento, como tamo que arrebata un
torbellino?
19 ¿Va a guardar Dios para sus hijos su castigo? ¡que le castigue a él,
para que sepa!
20 ¡Vea su ruina con sus propios ojos, beba de la furia de Sadday!
21 ¿Qué le importa la suerte de su casa, después de él, cuando se haya
cortado la cuenta de sus meses?
22 Pero, ¿se enseña a Dios la ciencia? ¡Si es él quien juzga a los seres
más excelsos!
23 Hay quien muere en su pleno vigor, en el colmo de la dicha y de la
paz,
24 repletos de grasa su ijares, bien empapado el meollo de sus huesos.
25 Y hay quien muere, la amargura en el alma, sin haber gustado la
ventura.
26 Juntos luego se acuestan en el polvo, y los gusanos los recubren.
27 ¡Oh, sé muy bien lo que pensáis, las malas ideas que os formáis
sobre mí!
28 «¿Dónde está, os decís, la casa del magnate? ¿dónde la tienda que
habitaban los malos?»
29 ¿No habéis interrogado a los viandantes? ¿no os han pasmado los
casos que refieren?
30 Que el malo es preservado en el día del desastre, en el día de los
furores queda a salvo.
31 Pues, ¿quién le echa en cara su conducta y le da el merecido de su
obras?
32 Cuando es llevado al cementerio, sobre el mausoleo hace vela.
33 Dulces le son los terrones del torrente, y detrás de él desfila todo el
mundo.
34 ¿Cómo, pues, me consoláis tan en vano? ¡Pura falacia son vuestras
respuestas!

Job 22

1 Elifaz de Temán tomó la palabra y dijo:
2 ¿Acaso a Dios puede un hombre ser útil? ¡Sólo a sí mismo es útil el
sensato!
3 ¿Tiene algún interés Sadday por tu justicia? ¿Gana algo con que seas
intachable?
4 ¿Acaso por tu piedad él te corrige y entra en juicio contigo?
5 ¿No será más bien por tu mucha maldad, por tus culpas sin límite?
6 Porque exigías sin razón prendas a tus hermanos, arrancabas a los
desnudos sus vestidos,
7 no dabas agua al sediento, al hambriento le negabas el pan;
8 como hombre fuerte que hace suyo el país, y, rostro altivo, se sitúa
en él,
9 despachabas a las viudas con las manos vacías y quebrabas los
brazos de los huérfanos.
10 Por eso los lazos te aprisionan y te estremece un pavor súbito.
11 La luz se hace tiniebla, y ya no ves, y una masa de agua te
sumerge.
12 ¿No está Dios en lo alto de los cielos? ¡Mira la cabeza de las
estrellas, qué altas!
13 Y tú has dicho: «¿Qué conoce Dios? ¿Discierne acaso a través del
nublado?
14 Un velo opaco son las nubes para él, y anda por el contorno de los
cielos.»
15 ¿Vas a seguir tú la ruta antigua que anduvieron los hombres
perversos?
16 Antes de tiempo fueron aventados, cuando un río arrasó sus
cimientos.
17 Los que decían a Dios: «¡Apártate de nosotros! ¿Qué puede
hacernos Sadday?»
18 Y era él el que colmaba sus casas de ventura, aunque el consejo de
los malos seguía lejos de él.
19 Al verlo los justos se recrean, y de ellos hace burla el inocente:
20 «¡Cómo acabó nuestro adversario! ¡el fuego ha devorado su
opulencia!».
21 Reconcíliate con él y haz la paz: así tu dicha te será devuelta.
22 Recibe de su boca la enseñanza, pon sus palabras en tu corazón.
23 Si vuelves a Sadday con humildad, si alejas de tu tienda la
injusticia,
24 si tiras al polvo el oro, el Ofir a los guijarros del torrente,
25 Sadday se te hará lingotes de oro y plata a montones para ti.
26 Tendrás entonces en Sadday tus delicias y hacia Dios levantarás tu
rostro.
27 El escuchará cuando le invoques, y podrás cumplir tus votos.
28 Todo lo que emprendas saldrá bien, y por tus caminos brillará la
luz.
29 Porque él abate el orgullo de los grandes, y salva al que baja los
ojos.
30 El libra al inocente; si son tus manos puras, serás salvo.

Job 23

1 Job tomó la palabra y dijo:
2 Todavía mi queja es una rebelión; su mano pesa sobre mi gemido.
3 ¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada!
4 Un proceso abriría delante de él, llenaría mi boca de argumentos.
5 Sabría las palabras de su réplica, comprendería lo que me dijera.
6 ¿Precisaría gran fuerza para disputar conmigo? No, tan sólo tendría
que prestarme atención.
7 Reconocería en su adversario a un hombre recto, y yo me libraría de
mi juez para siempre.
8 Si voy hacia el oriente, no está allí; si al occidente, no le advierto.
9 Cuando le busco al norte, no aparece, y tampoco le veo si vuelvo al
mediodía.
10 Pero él mis pasos todos sabe: ¡probado en el crisol, saldré oro puro!
11 Mi pie se ha adherido a su paso, he guardado su ruta sin desvío;
12 del mandato de sus labios no me aparto, he albergado en mi seno
las palabras de su boca.
13 Mas él decide, ¿quién le hará retractarse? Lo que su alma ha
proyectado lleva a término.
14 Así ejecutará mi sentencia, como tantas otras decisiones suyas.
15 Por eso estoy, ante él, horrorizado, y cuanto más lo pienso, más me
espanta.
16 Dios me ha enervado el corazón, Sadday me ha aterrorizado.
17 Pues no he desaparecido en las tinieblas, pero él ha cubierto de
oscuridad mi rostro.

Job 24

1 ¿Por qué Sadday no se reserva tiempos, y los que le conocen no
contemplan sus días?
2 Los malvados remueven los mojones, roban el rebaño y su pastor.
3 Se llevan el asno de los huérfanos, toman en prenda el buey de la
viuda.
4 Los mendigos tienen que retirarse del camino, a una se ocultan los
pobres del país.
5 Como onagros del desierto salen a su tarea, buscando presa desde el
alba, y a la tarde, pan para sus crías.
6 Cosechan en el campo del inicuo, vendimian la viña del malvado.
7 Pasan la noche desnudos, sin vestido, sin cobertor contra el frío.
8 Calados por el turbión de las montañas, faltos de abrigo, se pegan a
la roca.
9 Al huérfano se le arranca del pecho, se toma en prenda al niño del
pobre.
10 Desnudos andan, sin vestido; hambrientos, llevan las gavillas.
11 Pasan el mediodía entre dos paredes, pisan los lagares y no quitan
la sed.
12 Desde la ciudad gimen los que mueren, el herido de muerte pide
auxilio, ¡y Dios sigue sordo a la oración!
13 Otros hay rebeldes a la luz: no reconocen sus caminos ni
frecuentan sus senderos.
14 Aún no es de día cuando el asesino se levanta para matar al pobre y
al menesteroso. Por la noche merodea el ladrón.
15 El ojo del adúltero el crepúsculo espía: «Ningún ojo – dice – me
divisa», y cubre su rostro con un velo.
16 Las casas perfora en las tinieblas. Durante el día se ocultan los que
no quieren conocer la luz.
17 Para todos ellos la mañana es sombra, porque sufren entonces sus
terrores.
18 No es más que una paja sobre el agua, su hacienda es maldita en el
país, nadie toma el camino de su viña.
19 Como el calor de sequía arrebata el agua de nieve, así el seol al que
ha pecado.
20 El seno que le formó se olvida de él, y su nombre no se recuerda
más. Así la iniquidad es desgajada como un árbol.
21 Maltrataba a la estéril, la que no da a luz, y a la viuda no trataba
bien.
22 Pero Aquel que agarra con su fuerza a los tiranos se levanta, y va el
otro no cuenta con la vida.
23 Le dejaba apoyarse con seguridad, pero sus ojos vigilaban sus
caminos.
24 Se encumbró por un instante, y ya no existe, se abate como el
armuelle que se corta, como la cresta de la espiga se amustia.
25 ¿No es así? ¿quién me puede desmentir y reducir a nada mi
palabra?

Job 25

1 Bildad de Súaj tomó la palabra y dijo:
2 Es soberano de temible fuerza el que hace reinar la paz en sus
alturas.
3 ¿Puede contar alguien sus tropas? ¿Contra quién no se alza su luz?
4 ¿Cómo un hombre será justo ante Dios? ¿cómo puro el nacido de
mujer?
5 Si ni la luna misma tiene brillo, ni las estrellas son puras a sus ojos,
6 ¡cuánto menos un hombre, esa gusanera, un hijo de hombre, ese
gusano!

Job 26

1 Job tomó la palabra y dijo:
2 ¡Qué bien has sostenido al débil y socorrido al brazo inválido!
3 ¡Qué bien has aconsejado al ignorante, qué hábil talento has
demostrado!
4 ¿A quién has dirigido tus discursos, y de quién es el espíritu que ha
salido de ti?
5 Las Sombras tiemblan bajo tierra, las aguas y sus habitantes se
estremecen.
6 Ante él, el Seol está al desnudo, la Perdición al descubierto.
7 El extiende el Septentrión sobre el vacío, sobre la nada suspende la
tierra.
8 El encierra las aguas en sus nubes, sin que bajo su peso el nublado
reviente.
9 El encubre la cara de la luna llena, desplegando sobre ella su
nublado.
10 El trazó un cerco sobre la haz de las aguas, hasta el confín de la luz
con las tinieblas,
11 Se tambalean las columnas del cielo, presas de terror a su amenaza.
12 Con su poder hendió la mar, con su destreza quebró a Ráhab.
13 Su soplo abrillantó los cielos, su mano traspasó a la Serpiente
Huidiza,
14 Estos son los contornos de sus obras, de que sólo percibimos un
apagado eco. Y el trueno de su potencia, ¿quién lo captará?

Job 27

1 Job continuó pronunciando su discurso y dijo:
2 ¡Vive Dios, que justicia me rehúsa, por Sadday, que me ha
amargado el alma,
3 mientras siga en mí todo mi espíritu y el aliento de Dios en mis
narices,
4 no dirán mis labios falsedad, ni mi lengua proferirá mentira!
5 Lejos de mí daros la razón: hasta mi último suspiro mantendré mi
inocencia.
6 Me he aferrado a mi justicia, y no la soltaré, mi corazón no se
avergüenza de mis días.
7 ¡Tenga la suerte del malvado mi enemigo, la del injusto mi
adversario!
8 Pues ¿cuál es la esperanza del impío cuando suplica, cuando hacia
Dios eleva su alma?
9 ¿Acaso Dios escucha su gemido, cuando viene sobre él una
calamidad?
10 ¿Tenía él sus delicias en Sadday? ¿invocaba a Dios en todo
instante?
11 Yo os muestro el proceder de Dios, sin ocultar los secretos de
Sadday.
12 Y si todos vosotros ya lo habéis comprobado, ¿para qué esos vanos
discursos al vacío?
13 Esta es la suerte que al malvado Dios reserva, la herencia que
reciben de Sadday los violentos.
14 Aunque sean muchos sus hijos, son para la espada, y sus vástagos
no tendrán pan con que saciarse.
15 Los que queden serán sepultados por la Peste, y sus viudas no los
llorarán.
16 Si acumula la plata como polvo, si amontona vestidos como fango,
17 ¡que amontone!: un justo se vestirá con ellos, un inocente heredará
la plata.
18 Se edificó una casa de araña, como garita que un guarda construye.
19 Rico se acuesta, mas por última vez; cuando abre los ojos, ya no es
nada.
20 En pleno día le asaltan los terrores, de noche un torbellino le
arrebata.
21 El solano se lo lleva, y desaparece, le arranca del lugar de su
mansión.
22 Sin compasión por blanco se le toma, trata de huir de la mano que
le hiere.
23 Bátense palmas a su ruina, doquiera se encuentre se le silba.

Job 28

1 Hay, sí, para la plata un venero, para el oro un lugar donde se
purifica.
2 Se extrae del suelo el hierro, una piedra fundida se hace cobre.
3 Se pone fin a las tinieblas, hasta el último límite se excava la piedra
oscura y lóbrega.
4 Extranjeros abren galerías de todo pie olvidadas, y oscilan, se
balancean, lejos de los humanos.
5 Tierra de donde sale el pan, que está revuelta, abajo, por el fuego.
6 Lugar donde las piedras son zafiro y contienen granos de oro.
7 Sendero que no conoce el ave de rapiña, ni el ojo del buitre lo
columbra.
8 No lo pisaron los hijos del orgullo, el león jamás lo atravesó.
9 Aplica el hombre al pedernal su mano, descuaja las montañas de
raíz.
10 Abre canales en las rocas, ojo avizor a todo lo precioso.
11 Explora las fuentes de los ríos, y saca a luz lo oculto.
12 Mas la Sabiduría, ¿de dónde viene? ¿cuál es la sede de la
Inteligencia?
13 Ignora el hombre su sendero, no se le encuentra en la tierra de los
vivos.
14 Dice el Abismo: «No está en mí», y el Mar: «No está conmigo.»
15 No se puede dar por ella oro fino, ni comprarla a precio de plata,
16 ni evaluarla con el oro de Ofir, el ágata preciosa o el zafiro.
17 No la igualan el oro ni el vidrio, ni se puede cambiar por vaso de
oro puro.
18 Corales y cristal ni mencionarlos, mejor es pescar Sabiduría que
perlas.
19 No la iguala el topacio de Kus, ni con oro puro puede evaluarse.
20 Mas la Sabiduría, ¿de dónde viene? ¿cuál es la sede de la
Inteligencia?
21 Ocúltase a los ojos de todo ser viviente, se hurta a los pájaros del
cielo.
22 La Perdición y la Muerte dicen: «De oídas sabemos su renombre.»
23 Sólo Dios su camino ha distinguido, sólo él conoce su lugar.
24 (Porque él otea hasta los confines de la tierra, y ve cuanto hay bajo
los cielos.)
25 Cuando dio peso al viento y aforó las aguas con un módulo,
26 cuando a la lluvia impuso ley y un camino a los giros de los
truenos,
27 entonces la vio y le puso precio, la estableció y la escudriñó.
28 Y dijo al hombre: «Mira, el temor del Señor es la Sabiduría, huir
del mal, la Inteligencia.»

Job 29

1 Job continuó pronunciando su discurso y dijo:
2 ¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño, aquellos días en que
Dios me guardaba,
3 cuando su lámpara brillaba sobre mi cabeza, y yo a su luz por las
tinieblas caminaba;
4 como era yo en los días de mi otoño, cuando vallaba Dios mi tienda,
5 cuando Sadday estaba aún conmigo, y en torno mío mis muchachos,
6 cuando mis pies se bañaban en manteca, y regatos de aceite destilaba
la roca!
7 Si yo salía a la puerta que domina la ciudad y mi asiento en la plaza
colocaba,
8 se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y
quedaban en pie.
9 Los notables cortaban sus palabras y ponían la mano en su boca.
10 La voz de los jefes se ahogaba, su lengua se pegaba al paladar.
11 Oído que lo oía me llamaba feliz, ojo que lo veía se hacía mi
testigo.
12 Pues yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que no tenía
valedor.
13 La bendición del moribundo subía hacia mí, el corazón de la viuda
yo alegraba.
14 Me había puesto la justicia, y ella me revestía, como manto y
turbante, mi derecho.
15 Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies.
16 Era el padre de los pobres, la causa del desconocido examinaba.
17 Quebraba los colmillos del inicuo, de entre sus dientes arrancaba su
presa.
18 Y me decía: «Anciano moriré, como la arena aumentaré mis días.
19 Mi raíz está franca a las aguas, el rocío se posa de noche en mi
ramaje.
20 Mi gloria será siempre nueva en mí, y en mi mano mi arco
renovará su fuerza.
21 Me escuchaban ellos con expectación, callaban para oír mi consejo.
22 Después de hablar yo, no replicaban, y sobre ellos mi palabra caía
gota a gota.
23 Me esperaban lo mismo que a la lluvia, abrían su boca como a
lluvia tardía.
24 Si yo les sonreía, no querían creerlo, y la luz de mi rostro no
dejaban perderse.
25 Les indicaba el camino y me ponía al frente, me asentaba como un
rey en medio de su tropa, y por doquier les guiaba a mi gusto.

Job 30

1 Mas ahora ríense de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos
padres no juzgaba yo dignos de mezclar con los perros de mi grey.
2 Aun la fuerza de sus manos, ¿para qué me servía?; había decaído
todo su vigor,
3 agotado por el hambre y la penuria. Roían las raíces de la estepa,
lugar sombrío de ruina y soledad.
4 Recogían armuelle por los matorrales, eran su pan raíces de retama.
5 De entre los hombres estaban expulsados, tras ellos se gritaba como
tras un ladrón.
6 Moraban en las escarpas de los torrentes, en las grietas del suelo y
de las rocas.
7 Entre los matorrales rebuznaban, se apretaban bajo los espinos.
8 Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre, echados a latigazos del
país.
9 ¡Y ahora soy yo la copla de ellos, el blanco de sus chismes!
10 Horrorizados de mí, se quedan a distancia, y sin reparo a la cara me
escupen.
11 Porque él ha soltado mi cuerda y me maltrata, ya tiran todo freno
ante mí.
12 Una ralea se alza a mi derecha, exploran si me encuentro tranquilo,
y abren hacia mí sus caminos siniestros.
13 Mi sendero han destruido, para perderme se ayudan, y nada les
detiene;
14 como por ancha brecha irrumpen, se han escurrido bajo los
escombros.
15 Los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad es
arrastrada; como una nube ha pasado mi ventura.
16 Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción.
17 De noche traspasa el mal mis huesos, y no duermen las llagas que
me roen.
18 Con violencia agarra él mi vestido, me aferra como el cuello de mi
túnica.
19 Me ha tirado en el fango, soy como el polvo y la ceniza.
20 Grito hacia ti y tú no me respondes, me presento y no me haces
caso.
21 Te has vuelto cruel para conmigo, tu mano vigorosa en mí se ceba.
22 Me llevas a caballo sobre el viento, me zarandeas con la tempestad.
23 Pues bien sé que a la muerte me conduces, al lugar de cita de todo
ser viviente.
24 Y sin embargo, ¿he vuelto yo la mano contra el pobre, cuando en
su angustia justicia reclamaba?
25 ¿No he llorado por el que vive en estrechez? ¿no se ha apiadado mi
alma del mendigo?
26 Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia, aguardaba la luz, y llegó
la oscuridad.
27 Me hierven las entrañas sin descanso, me han alcanzado días de
aflicción.
28 Sin haber sol, ando renegrido, me he levantado en la asamblea, sólo
para gritar.
29 Me he hecho hermano de chacales y compañero de avestruces.
30 Mi piel se ha ennegrecido sobre mí, mis huesos se han quemado
por la fiebre.
31 ¡Mi cítara sólo ha servido para el duelo, mi flauta para la voz de
plañidores!

Job 31

1 Había hecho yo un pacto con mis ojos, y no miraba a ninguna
doncella.
2 Y ¿cuál es el reparto que hace Dios desde arriba, cuál la suerte que
manda Sadday desde la altura?
3 ¿No es acaso desgracia para el inicuo, tribulación para los
malhechores?
4 ¿No ve él mis caminos, no cuenta todos mis pasos?
5 ¿He caminado junto a la mentira? ¿he apretado mi paso hacia la
falsedad?
6 ¡Péseme él en balanza de justicia, conozca Dios mi integridad!
7 Si mis pasos del camino se extraviaron, si tras mis ojos fue mi
corazón, si a mis manos se adhiere alguna mancha,
8 ¡coma otro lo que yo sembré, y sean arrancados mis retoños!
9 Si mi corazón fue seducido por mujer, si he fisgado a la puerta de mi
prójimo,
10 ¡muela para otro mi mujer, y otros se encorven sobre ella!
11 Pues sería ello una impudicia, un crimen a justicia sujeto;
12 sería fuego que devora hasta la Perdición y que consumiría toda mi
hacienda.
13 Si he menospreciado el derecho de mi siervo o de mi sierva, en sus
pleitos conmigo,
14 ¿qué podré hacer cuando Dios se levante? cuando él investigue,
¿qué responderé?
15 ¿No los hizo él, igual que a mí, en el vientre? ¿no nos formó en el
seno uno mismo?
16 Me he negado al deseo de los débiles? ¿dejé desfallecer los ojos de
la viuda?
17 ¿Comí solo mi pedazo de pan, sin compartirlo con el huérfano?
18 ¡Siendo así que desde mi infancia me crió él como un padre, me
guió desde el seno materno!
19 ¿He visto a un miserable sin vestido, a algún pobre desnudo,
20 sin que en lo íntimo de su ser me bendijera, y del vellón de mis
corderos se haya calentado?
21 Si he alzado mi mano contra un huérfano, por sentirme respaldado
en la Puerta,
22 ¡mi espalda se separe de mi nuca, y mi brazo del hombro se
desgaje!
23 Pues el terror de Dios caería sobre mí, y ante su majestad no podría
tenerme.
24 ¿He hecho del oro mi confianza, o he dicho al oro fino: «Tú, mi
seguridad»?
25 ¿Me he complacido en la abundancia de mis bienes, en que mi
mano había ganado mucho?
26 ¿Acaso, al ver el sol cómo brillaba, y la luna que marchaba
radiante,
27 mi corazón, en secreto, se dejó seducir para enviarles un beso con
la mano?
28 También hubiera sido una falta criminal, por haber renegado del
Dios de lo alto.
29 ¿Del infortunio de mi enemigo me alegré, me gocé de que el mal le
alcanzara?
30 ¡Yo que no permitía a mi lengua pecar reclamando su vida con una
maldición!
31 ¿No decían las gentes de mi tienda: «¿Hay alguien que no se haya
hartado con su carne?»
32 El forastero no pernoctaba a la intemperie, tenía abierta mi puerta
al caminante.
33 ¿He disimulado mis culpas a los hombres, ocultando en mi seno mi
pecado,
34 porque temiera el rumor público, o el desprecio de las gentes me
asustara, hasta quedar callado sin atreverme a salir mi puerta?
35 ¡Oh! ¿quién hará que se me escuche? Esta es mi última palabra:
¡respóndame Sadday! El libelo que haya escrito mi adversario
36 pienso llevarlo sobre mis espaldas, ceñírmelo igual que una
diadema.
37 Del número de mis pasos voy a rendirle cuentas, como un príncipe
me llegaré hasta él.
38 Si mi tierra grita contra mí, y sus surcos lloran con ella,
39 si he comido sus frutos sin pagarlos y he hecho expirar a sus
dueños,
40 ¡en vez de trigo broten en ella espinas, y en lugar de cebada hierba
hedionda! Fin de las palabras de Job.

Job 32

1 Aquellos tres hombres dejaron de replicar a Job, porque se tenía por
justo.
2 Entonces montó en cólera Elihú, hijo de Barakel el buzita, de la
familia de Ram. Su cólera se inflamó contra Job, porque pretendía tener
razón frente a Dios;
3 y también contra sus tres amigos, porque no habían hallado ya nada
que replicar y de esa manera habían dejado mal a Dios.
4 Mientras hablaban ellos con Job, Elihú se había mantenido a la
expectativa, porque eran más viejos que él.
5 Pero cuando vio que en la boca de los tres hombres ya no quedaba
respuesta, montó en cólera.
6 Tomó, pues, la palabra Elihú, hijo de Barakel el buzita, y dijo: Soy
pequeño en edad, y vosotros sois viejos; por eso tenía miedo, me asustaba el
declararos mi saber.
7 Me decía yo: «Hablará la edad, los muchos años enseñarán
sabiduría.»
8 Pero en verdad, es un soplo en el hombre, es el espíritu de Sadday lo
que hace inteligente.
9 No son sabios los que están llenos de años, ni los viejos quienes
comprenden lo que es justo.
10 Por eso he dicho: Escuchadme, voy a declarar también yo mi saber.
11 Hasta ahora vuestras razones esperaba, prestaba oído a vuestros
argumentos; mientras tratabais de buscar vocablos,
12 tenía puesta en vosotros mi atención. Y veo que ninguno a Job da
réplica, nadie de entre vosotros a sus dichos responde.
13 No digáis, pues: «Hemos hallado la sabiduría; nos instruye Dios,
no un hombre.»
14 No hilaré yo palabras como ésas, no le replicaré en vuestros
términos.
15 Han quedado vencidos, no han respondido más: les han faltado las
palabras.
16 He esperado, pero ya que no hablan, puesto que se han quedado sin
respuesta,
17 responderé yo por mi parte, declararé también yo mi saber.
18 Pues estoy lleno de palabras, me urge un soplo desde dentro.
19 Es, en mi seno, como vino sin escape, que hace reventar los odres
nuevos.
20 Hablaré para desahogarme, abriré los labios y replicaré.
21 No tomaré el partido de ninguno, a nadie adularé.
22 Pues yo no sé adular: bien pronto me aventaría mi Hacedor.

Job 33

1 Ten a bien, Job, escuchar mis palabras, presta oído a todas mis
razones.
2 Ya ves que he abierto mi boca, en mi paladar habla mi lengua.
3 Mi corazón dará palabras cuerdas, la pura verdad dirán mis labios.
4 El soplo de Dios me hizo, me animó el aliento de Sadday.
5 Si eres capaz, replícame, ¡alerta, ponte en guardia ante mí!
6 Mira, soy como tú, no soy un dios, también yo de arcilla fui
plasmado.
7 Por eso mi terror no te ha de espantar, no pesará mi mano sobre ti.
8 No has hecho más que decir a mis propios oídos, – pues he oído el
son de tus palabras -:
9 «Puro soy, sin delito; limpio estoy, no hay culpa en mí.
10 Pero él inventa contra mí pretextos, y me reputa como su enemigo;
11 mis pies pone en el cepo, espía todas mis sendas.»
12 Pues bien, respondo, en esto no tienes razón, porque Dios es más
grande que el hombre.
13 ¿Por qué te querellas tú con él porque no responda a todas tus
palabras?
14 Habla Dios una vez, y otra vez, sin que se le haga caso.
15 En sueños, en visión nocturna, cuando un letargo cae sobre los
hombres, mientras están dormidos en su lecho,
16 entonces abre él el oído de los hombres, y con sus apariciones les
espanta,
17 para apartar al hombre de sus obras y acabar con su orgullo de
varón,
18 para librar su alma de la fosa y su vida de pasar el Canal.
19 También es corregido por el dolor en su camilla, por el temblor
continuo de sus huesos,
20 cuando a su vida el alimento asquea y a su alma los manjares
exquisitos,
21 cuando su carne desaparece de la vista, y sus huesos, que no se
veían, aparecen;
22 cuando su alma a la fosa se aproxima y su vida a la morada de los
muertos.
23 Si hay entonces junto a él un Ángel, un Mediador escogido entre
mil, que declare al hombre su deber,
24 que de él se apiade y diga: «Líbrale de bajar a la fosa, yo he
encontrado el rescate de su alma»,
25 su carne se renueva de vigor juvenil, vuelve a los días de su
adolescencia.
26 Invoca a Dios, que le otorga su favor, y va a ver con júbilo su
rostro Anuncia a los demás su justicia,
27 canta así entre los hombres: «Yo había pecado y torcido el derecho,
mas Dios no me ha dado el merecido.
28 Ha librado mi alma de pasar por la fosa, y mi vida contempla la
luz.»
29 He aquí todo lo que hace Dios, dos y tres veces con el hombre,
30 para recobrar su alma de la fosa, para que sea alumbrado con la luz
de los vivos.
31 Atiende, Job, escúchame, guarda silencio, y yo hablaré.
32 Si tienes algo que decir, replícame, habla, pues yo deseo darte la
razón.
33 Si no, escúchame, guarda silencio, y yo te enseñaré sabiduría.

Job 34

1 Elihú reanudó su discurso y dijo:
2 Escuchad, sabios, mis palabras, vosotros los doctos, dadme oídos.
3 Porque el oído aprecia las palabras, como el paladar gusta los
manjares.
4 Decidamos entre nosotros lo que es justo, sepamos juntos lo que es
bueno.
5 Pues Job ha dicho: «Yo soy justo, pero Dios me quita mi derecho;
6 mi juez se muestra cruel para conmigo, mi llaga es incurable,
aunque no tengo culpa.»
7 ¿Qué hombre hay como Job, que bebe el sarcasmo como agua,
8 que anda en compañía de malhechores, y camina con malvados?
9 Pues él ha dicho: «Nada gana el hombre con buscar el agrado de
Dios.»
10 Así pues, escuchadme, como hombres sensatos. Lejos de Dios el
mal, de Sadday la injusticia;
11 que la obra del hombre, él se la paga, y según su conducta trata a
cada uno.
12 En verdad, Dios no hace el mal, no tuerce el derecho Sadday.
13 ¿Quién, si no, le confió la tierra, quién le encargó del mundo
entero?
14 Si él retirara a sí su espíritu, si hacia sí recogiera su soplo,
15 a una expiraría toda carne, el hombre al polvo volvería.
16 Si tienes inteligencia, escucha esto, presta oído al son de mis
palabras.
17 ¿Podría gobernar un enemigo del derecho? ¿al Justo poderoso vas a
condenar?
18 ¡Aquel que dice a un rey: «¡Inútil!», «¡Malvados!» a los nobles,
19 que no hace acepción de príncipes, ni prefiere al grande sobre el
débil, ¡pues todos son obra de sus manos!
20 Mueren ellos de repente a media noche, perecen los grandes y
pasan, y él depone a un tirano sin esfuerzo.
21 Pues sus ojos vigilan los caminos del hombre, todos sus pasos
observa.
22 No hay tinieblas ni sombra donde ocultarse los agentes del mal.
23 No asigna él un plazo al hombre para que a juicio se presente ante
Dios.
24 Quebranta a los grandes sin examen, y pone a otros en su sitio.
25 Es que él conoce sus acciones, de noche los sacude y se les pisa.
26 Como a criminales los azota, en lugar público los encadena,
27 porque se apartaron de su seguimiento, y no comprendieron todos
sus caminos,
28 hasta hacer llegar a él el gemido del débil y hacerle oír el clamor de
los humildes.
29 Mas si él sigue inmóvil, sin que nadie le perturbe, si vela su faz, sin
que nadie le perciba, es que se apiada de naciones e individuos,
30 libra al impío del cepo de la angustia,
31 Cuando éste dice a Dios: «He sido seducido, no volveré a hacer
mal;
32 si he pecado instrúyeme, si he cometido injusticia, no reincidiré».
33 ¿Acaso, según tú, tendría él que castigar, ya que rechazas sus
decisiones? Como eres tú el que aprecias, y no yo, di todo lo que sepas.
34 Mas los hombres sensatos me dirán, así como todo sabio que me
escuche:
35 «No habla Job cuerdamente, no son sensatas sus palabras.
36 Que sea Job probado a fondo, por sus respuestas dignas de
malvados.
37 Porque a su pecado la rebeldía añade, pone fin al derecho entre
nosotros, y multiplica contra Dios sus palabras.»

Job 35

1 Elihú reanudó su discurso y dijo:
2 ¿Crees que eso es juicioso, piensas ser más justo que Dios,
3 cuando dices: «¿Qué te importa a ti, o de qué me sirve a mí no haber
pecado»?
4 Yo te daré respuesta, y contigo a tus amigos.
5 ¡Mira a los cielos y ve, observa cómo las nubes son mas altas que tú!
6 Si pecas, ¿qué le causas?, si se multiplican tus ofensas, ¿qué le
haces?
7 ¿Qué le das, si eres justo, o qué recibe él de tu mano?
8 A un hombre igual que tú afecta tu maldad, a un hijo de hombre tu
justicia.
9 Bajo la carga de la opresión se gime, se grita bajo el brazo de los
grandes,
10 mas nadie dice: «¿Dónde está Dios, mi hacedor, el que hace
resonar los cantares en la noche,
11 el que nos hace más hábiles que las bestias de la tierra, más sabios
que los pájaros del cielo?»
12 Entonces se grita, sin que responda él, a causa del orgullo de los
malos.
13 Seguro, la falsedad Dios no la escucha, Sadday no le presta
atención.
14 Mucho menos, el decir que no le adviertes, que un proceso está
ante él y que le esperas;
15 o también que su cólera no castiga nada, y que ignora la rebelión
del hombre.
16 Job, pues, abre en vano su boca, multiplica a lo tonto las palabras.
Job 36
1 Prosiguió Elihú y dijo:
2 Espera un poco, y yo te instruiré, pues todavía hay palabras en favor
de Dios.
3 Voy a llevar muy lejos mi saber, y daré la razón a mi Hacedor.
4 En verdad, no son mentira mis palabras, un maestro en saber está
contigo.
5 Dios no rechaza al hombre íntegro,
6 ni deja vivir al malvado en plena fuerza. Hace justicia a los pobres,
7 y no quita al justo su derecho. El puso a los reyes en el trono, para
siempre los asienta, mas se engríen,
8 y él los amarra con cadenas, y quedan presos en los lazos de la
angustia.
9 Entonces les pone su obra al descubierto y sus culpas nacidas del
orgullo.
10 A sus oídos pronuncia una advertencia, y manda que se vuelvan de
la iniquidad.
11 Si escuchan y son dóciles, acaban sus días en ventura y en delicias
sus años.
12 Si no escuchan, pasan el Canal, y expiran por falta de cordura.
13 Y los obstinados que imponen la cólera y no piden auxilio cuando
él los encadena,
14 mueren en plena juventud, y su vida en la edad juvenil.
15 El salva al pobre por su misma pobreza, por la miseria el oído le
abre.
16 También a ti te arrancará de las fauces de la angustia. Antes
gozabas de abundancia sin límites, la grasa desbordaba de tu mesa.
17 Mas no hacías justicia de los malos, defraudabas el derecho del
huérfano.
18 Procura, pues, que no te seduzca la abundancia, ni el copioso
soborno te extravíe.
19 Haz comparecer al rico como al que nada tiene, al débil como al
poderoso.
20 No aplastes a aquellos que te son extraños, para encumbrar en su
puesto a tus parientes.
21 Guárdate de inclinarte hacia la iniquidad, que por eso te ha probado
la aflicción.
22 Mira, Dios es sublime por su fuerza, ¿quién es maestro como él?
23 ¿Quién le señaló el camino a seguir? ¿quién le diría: «Has hecho
mal»?
24 Acuérdate más bien de ensalzar su obra, que han cantado los
hombres.
25 Todo hombre la contempla, el hombre la mira desde lejos.
26 Sí, Dios es grande y no le comprendemos, el número de sus años es
incalculable.
27 El atrae las gotas de agua, pulveriza la lluvia en su vapor,
28 que luego derraman las nubes, la destilan sobre la turba humana.
29 ¿Quién además comprenderá el despliegue de la nube, los fragores
de su tienda?
30 Ved que despliega su niebla por encima cubre las cimas de los
montes.
31 Pues por ellas sustenta él a los pueblos, les da alimento en
abundancia.
32 En sus manos el rayo levanta y le ordena que alcance su destino.
33 Su trueno le anuncia, la ira se inflama contra la iniquidad.

Job 37

1 Mi corazón también por eso tiembla, y salta fuera de su sitio.
2 ¡Escuchad, escuchad el fragor de su voz, el bramido que sale de su
boca!
3 Hace relampaguear por todo el cielo, su fulgor llega a los extremos
de la tierra.
4 Detrás de él una voz ruge: truena él con su soberbia voz, y sus rayos
no retiene, mientras su voz retumba.
5 Dios nos da a ver maravillas, grandes cosas hace que no
comprendemos.
6 Cuando dice a la nieve: «¡Cae sobre la tierra!», y a los aguaceros:
«¡Lloved fuerte!»,
7 la mano de todo hombre retiene bajo sello, para que todos conozcan
su obra.
8 Las fieras a sus guaridas huyen y en sus cubiles se cobijan.
9 Del sur llega el huracán, el frío, de los vientos del norte.
10 Al soplo de Dios se forma el hielo, se congela la extensión de las
aguas.
11 El carga a la nube de un rayo, el nublado esparce su fulgor,
12 y éste, gira girando, circula conforme a sus designios. Así ejecutan
sus órdenes en todo sobre la haz de su orbe terráqueo.
13 Ya como castigo para los pueblos de la tierra, ya como gracia, él
los envía.
14 Presta, Job, oído a esto, tente y observa los prodigios de Dios.
15 ¿Sabes acaso cómo Dios los rige, y cómo su nube hace brillar el
rayo?
16 ¿Sabes tú cómo las nubes cuelgan en equilibrio, 7 maravilla de una
ciencia consumada?
17 Tú, cuyos vestidos queman cuando está quieta la tierra bajo el
viento del sur,
18 ¿puedes extender con él la bóveda del cielo, sólida como espejo de
metal fundido?
19 Enséñanos qué le hemos de decir: no discutiremos más, debido a
las tinieblas.
20 Si hablo yo, ¿alguien se lo cuenta? ¿es informado de lo que un
hombre ha dicho?
21 Ahora ya no se ve la luz, que queda oscurecida por las nubes; pero
pasa el viento y las despeja,
22 y una claridad llega del norte: gloria terrible alrededor de Dios,
23 ¡es Sadday!, no podemos alcanzarle. Grande en fuerza y equidad,
maestro de justicia, sin oprimir a nadie.
24 Por eso le temen los hombres: ¡a él la veneración de todos los
sabios de corazón!

Sabiduría 9

1 «Dios de los Padres, Señor de la misericordia, que hiciste el
universo con tu palabra,
2 y con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los
seres por ti creados,
3 administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud
de espíritu,
4 dame la Sabiduría, que se sienta junto a tu trono, y no me excluyas
del número de tus hijos.
5 Que soy un siervo tuyo, hijo de tu sierva, un hombre débil y de vida
efímera, poco apto para entender la justicia y las leyes.
6 Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, si le
falta la Sabiduría que de ti procede, en nada será tenido.
7 Tú me elegiste como rey de tu pueblo, como juez de tus hijos y tus
hijas;
8 tú me ordenaste edificar un santuario en tu monte santo y un altar
en la ciudad donde habitas, imitación de la Tienda santa que habías
preparado desde el principio.
9 Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente
cuando hacías el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es
conforme a tus mandamientos.
10 Envíala de los cielos santos, mándala de tu trono de gloria para
que a mi lado participe en mis trabajos y sepa yo lo que te es agradable,
11 pues ella todo lo sabe y entiende. Ella me guiará prudentemente en
mis empresas y me protegerá con su gloria.
12 Entonces mis obras serán aceptables, juzgaré a tu pueblo con
justicia y seré digno del trono de mi padre.
13 ¿Qué hombre, en efecto, podrá conocer la voluntad de Dios?
¿Quién hacerse idea de lo que el Señor quiere?
14 Los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras
ideas,
15 pues un cuerpo corruptible agobia el alma y esta tienda de tierra
abruma el espíritu lleno de preocupaciones.
16 Trabajosamente conjeturamos lo que hay sobre la tierra y con
fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance; ¿quién, entonces, ha rastreado
lo que está en los cielos?
17 Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la
Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo?
18 Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra,
así aprendieron los hombres lo que a ti te agrada y gracias a la Sabiduría se
salvaron.»

Sabiduría 10

1 Ella protegió al primer modelado, padre del mundo, que había sido
creado solo; ella le sacó de su caída
2 y le dio el poder de dominar sobre todas las cosas.
3 Pero cuando un injusto, en su cólera, se apartó de ella, pereció por
su furor fraticida.
4 Cuando por su causa la tierra se vio sumergida, de nuevo la
Sabiduría la salvó conduciendo al justo en un vulgar leño.
5 En la confusión que siguió a la común perversión de las naciones,
ella conoció al justo, le conservó irreprochable ante Dios y le mantuvo
firme contra el entrañable amor a su hijo.
6 Ella, en el exterminio de los impíos, libró al justo cuando escapaba
del fuego que bajaba sobre Pentápolis.
7 Como testimonio de aquella maldad queda todavía una tierra
desolada humeando, unas plantas cuyos frutos no alcanzan sazón a su
tiempo, y, como monumento de un alma incrédula, se alza una columna de
sal.
8 Pues, por haberse apartado del camino de la Sabiduría, no sólo
sufrieron la desgracia de no conocer el bien, sino que dejaron además a los
vivientes un recuerdo de su insensatez, para que ni sus faltas pudieran
quedar ocultas.
9 En cambio, a sus servidores la Sabiduría los libró de sus fatigas.
10 Ella al justo que huía de la cólera de su hermano le guió por
caminos rectos; le mostró el reino de Dios y le dio el conocimiento de cosas
santas; le dio éxito en sus duros trabajos y multiplicó el fruto de sus fatigas;
11 le asistió contra la avaricia de sus opresores y le enriqueció;
12 le preservó de sus enemigos y le protegió de los que le tendían
asechanzas; y le concedió la palma en un duro combate para enseñarle que
la piedad contra todo prevalece.
13 Ella no desamparó al justo vendido, sino que le libró del pecado;
14 bajó con él a la cisterna y no le abandonó en las cadenas, hasta
entregarle el cetro real y el poder sobre sus tiranos, hasta mostrar
mentirosos a sus difamadores y concederle una gloria eterna.
15 Ella libró de una nación opresora a un pueblo santo y a una raza
irreprochable.
16 Entró en el alma de un servidor del Señor e hizo frente a reyes
temibles con prodigios y señales;
17 pagó a los santos el salario de sus trabajos; los guió por un camino
maravilloso, fue para ellos cobertura durante el día y lumbre de estrellas
durante la noche;
18 les abrió paso por el mar Rojo y los condujo a través de las
inmensas aguas,
19 mientras a sus enemigos los sumergió y luego los hizo saltar de las
profundidades del abismo.
20 De este modo los justos despojaron a los impíos; entonaron cantos,
Señor, a tu santo Nombre y unánimes celebraron tu mano protectora,
21 porque la Sabiduría abrió la boca de los mudos e hizo claras las
lenguas de los pequeñuelos.

Sabiduría 11

1 Ella dirigió felizmente sus empresas por medio de un profeta santo.
2 Atravesaron un desierto deshabitado y fijaron sus tiendas en parajes
inaccesibles;
3 hicieron frente a sus enemigos y rechazaron a sus adversarios.
4 Tuvieron sed y te invocaron: de una roca abrupta se les dio agua, de
una piedra dura, remedio para su sed.
5 Lo mismo que fue para sus enemigos un castigo, fue para ellos en
su apuro un beneficio.
6 En vez de la fuente perenne de un río enturbiado por una mezcla de
sangre y barro
7 en pena de su decreto infanticida, diste a los tuyos inesperadamente
un agua abundante,
8 mostrándoles por la sed que entonces sufrieron de qué modo habías
castigado a sus adversarios.
9 Pues cuando sufrieron su prueba – si bien con misericordia
corregidos – conocieron cómo los impíos, juzgados con cólera, eran
torturados;
10 pues a ellos los habías probado como padre que amonesta, pero a
los otros los habías castigado como rey severo que condena.
11 Tanto estando lejos como cerca, igualmente se consumían,
12 pues una doble tristeza se apoderó de ellos, y un lamento con el
recuerdo del pasado:
13 porque, al oír que lo mismo que era su castigo, era para los otros
un beneficio, reconocieron al Señor;
14 pues al que antes hicieron exponer y luego rechazaron con
escarnio, al final de los acontecimientos le admiraron después de padecer
una sed bien diferente de la de los justos.
15 Por sus locos e inicuos pensamientos por los que, extraviados,
adoraban reptiles sin razón y bichos despreciables, les enviaste en castigo
muchedumbre de animales sin razón,
16 para que aprendiesen que, por donde uno peca, por allí es
castigado.
17 Pues bien podía tu mano omnipotente – ella que de informe
materia había creado el mundo – enviar contra ellos muchedumbre de osos o
audaces leones,
18 o bien fieras desconocidas, entonces creadas, llenas de furor,
respirando aliento de fuego, lanzando humo hediondo o despidiendo de sus
ojos terribles centellas,
19 capaces, no ya de aniquilarlos con sus ataques, sino de destruirlos
con sólo su estremecedor aspecto.
20 Y aun sin esto, de un simple soplo podían sucumbir, perseguidos
por la Justicia, aventados por el soplo de tu poder. Pero tú todo lo dispusiste
con medida, número y peso.
21 Pues el actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién
se podrá oponer a la fuerza de tu brazo?
22 Como lo que basta a inclinar una balanza, es el mundo entero en tu
presencia, como la gota de rocío que a la mañana baja sobre la tierra.
23 Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los
pecados de los hombres para que se arrepientan.
24 Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si
algo odiases, no lo habrías hecho.
25 Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo
se habría conservado lo que no hubieses llamado?
26 Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas,
Señor que amas la vida,

Lucas 22

1 Se acercaba la fiesta de los Azimos, llamada Pascua.
2 Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo hacerle
desaparecer, pues temían al pueblo.
3 Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del
número de los Doce;
4 y se fue a tratar con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia
del modo de entregárselo.
5 Ellos se alegraron y quedaron con él en darle dinero.
6 El aceptó y andaba buscando una oportunidad para entregarle sin
que la gente lo advirtiera.
7 Llegó el día de los Azimos, en el que se había de sacrificar el
cordero de Pascua;
8 y envió a Pedro y a Juan, diciendo: «Id y preparadnos la Pascua para
que la comamos.»
9 Ellos le dijeron: «¿Dónde quieres que la preparemos?»
10 Les dijo: «Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al paso un hombre
llevando un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre,
11 y diréis al dueño de la casa: “El Maestro te dice: ¿Dónde está la
sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?”
12 El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta;
haced allí los preparativos.»
13 Fueron y lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la
Pascua.
14 Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles;
15 y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros
antes de padecer;
16 porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su
cumplimiento en el Reino de Dios.»
17 Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y
repartidlo entre vosotros;
18 porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del
producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»
19 Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo:
Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo
mío.»
20 De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es
la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.
21 «Pero la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa.
22 Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero,
¡ay de aquel por quien es entregado!»
23 Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que
iba a hacer aquello.
24 Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía
ser el mayor.
25 El les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan como señores
absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar
Bienhechores;
26 pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el
más joven y el que gobierna como el que sirve.
27 Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No
es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que
sirve.
28 «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis
pruebas;
29 yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre
lo dispuso para mí,
30 para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre
tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
31 «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros
como trigo;
32 pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú,
cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.»
33 El dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la
muerte.»
34 Pero él dijo: «Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que
hayas negado tres veces que me conoces.»
35 Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias,
¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.»
36 Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo
alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada;
37 porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está
escrito: = “Ha sido contado entre los malhechores.” = Porque lo mío toca a
su fin.»
38 Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» El les dijo: «Basta.»
39 Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los
discípulos le siguieron.
40 Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación.»
41 Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas
oraba
42 diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se
haga mi voluntad, sino la tuya.»
43 Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le
confortaba.
44 Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo
como gotas espesas de sangre que caían en tierra.
45 Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los
encontró dormidos por la tristeza;
46 y les dijo: «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para
que no caigáis en tentación.»
47 Todavía estaba hablando, cuando se presentó un grupo; el llamado
Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un
beso.
48 Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!»
49 Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor,
¿herimos a espada?»
50 y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja
derecha.
51 Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó.
52 Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y
ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis
salido con espadas y palos?
53 Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me
pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las
tinieblas.»
54 Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa
del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos.
55 Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban
sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos.
56 Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando
y dijo: «Este también estaba con él.»
57 Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!»
58 Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos.»
Pedro dijo: «Hombre, no lo soy!»
59 Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también
estaba con él, pues además es galileo.»
60 Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel
momento, estando aún hablando, cantó un gallo,
61 y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras
del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado
tres veces.»
62 Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.
63 Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban;
64 y cubriéndole con un velo le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el
que te ha pegado?»
65 Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.
66 En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del
pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hicieron venir a su Sanedrín
67 y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo.» El respondió: «Si os lo
digo, no me creeréis.
68 Si os pregunto, no me responderéis.
69 De ahora en adelante, el Hijo del hombre = estará sentado a la
diestra = del poder = de Dios.» =
70 Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» El les dijo:
«Vosotros lo decís: Yo soy.»
71 Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues
nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»

Lucas 23

1 Y levantándose todos ellos, le llevaron ante Pilato.
2 Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste
alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y
diciendo que él es Cristo Rey.»
3 Pilato le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» El le respondió:
«Sí, tú lo dices.»
4 Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «Ningún delito
encuentro en este hombre.»
5 Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo, enseñando por
toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí.»
6 Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo.
7 Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a
Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.
8 Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo
tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar
alguna señal que él hiciera.
9 Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada.
10 Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con
insistencia.
11 Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de
él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.
12 Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban
enemistados.
13 Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al
pueblo
14 y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del
pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en
este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis.
15 Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho,
pues, que merezca la muerte.
16 Así que le castigaré y le soltaré.»
18 Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ése, suéltanos
a Barrabás!»
19 Este había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y
por asesinato.
20 Pilato les habló de nuevo, intentando librar a Jesús,
21 pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!»
22 Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho éste? No
encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le castigaré y
le soltaré.»
23 Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado
y sus gritos eran cada vez más fuertes.
24 Pilato sentenció que se cumpliera su demanda.
25 Soltó, pues, al que habían pedido, el que estaba en la cárcel por
motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su voluntad.
26 Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene,
que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevará detrás de
Jesús.
27 Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y
se lamentaban por él.
28 Jesús, volviéndose a ellas, dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por
mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.
29 Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las
entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron!
30 Entonces se pondrán a = decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros!
Y a las colinas: ¡Cubridnos! =
31 Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?»
32 Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con él.
33 Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los
malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
34 Jesús decía: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.» Se
repartieron sus vestidos, echando a suertes.
35 Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo:
«A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el
Elegido.»
36 También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían
vinagre
37 y le decían: «Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!»
38 Había encima de él una inscripción: «Este es el Rey de los judíos.»
39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el
Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!»
40 Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú
que sufres la misma condena?
41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros
hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.»
42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.»
43 Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
44 Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo
oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona.
45 El velo del Santuario se rasgó por medio
46 y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, = en tus manos pongo
mi espíritu» = y, dicho esto, expiró.
47 Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo:
«Ciertamente este hombre era justo.»
48 Y todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo
que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho.
49 Estaban a distancia, viendo estas cosas, todos sus conocidos y las
mujeres que le habían seguido desde Galilea.
50 Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre
bueno y justo,
51 que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de
Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
52 Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús
53 y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en
un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía.
54 Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado.
55 Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás
y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo,
56 Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron
según el precepto.

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