# 138

EZEQUIEL

Ezequiel 1

1 El año treinta, el día cinco el cuarto mes, encontrándome yo entre
los deportados, a orillas del río Kebar, se abrió el cielo y contemplé visiones
divinas.
2 El día cinco del mes – era el año quinto de la deportación del rey
Joaquín –
3 la palabra de Yahveh fue dirigida al sacerdote Ezequiel, hijo de
Buzí, en el país de los caldeos, a orillas del río Kebar, y allí fue sobre él la
mano de Yahveh.
4 Yo miré: vi un viento huracanado que venía del norte, una gran nube
con fuego fulgurante y resplandores en torno, y en el medio como el fulgor
del electro, en medio del fuego.
5 Había en el centro como una forma de cuatro seres cuyo aspecto era
el siguiente: tenían forma humana.
6 Tenían cada uno cuatro caras, y cuatro alas cada uno.
7 Sus piernas eran rectas y la planta de sus pies era como la planta de
la pezuña del buey, y relucían como el fulgor del bronce bruñido.
8 Bajo sus alas había unas manos humanas vueltas hacia las cuatro
direcciones, lo mismo que sus caras y sus alas, las de los cuatro.
9 Sus alas estaban unidas una con otra; al andar no se volvían; cada
uno marchaba de frente.
10 En cuanto a la forma de sus caras, era una cara de hombre, y los
cuatro tenían cara de león a la derecha, los cuatro tenían cara de toro a la
izquierda, y los cuatro tenían cara de águila.
11 Sus alas estaban desplegadas hacia lo alto; cada uno tenía dos alas
que se tocaban entre sí y otras dos que le cubrían el cuerpo;
12 y cada uno marchaba de frente; donde el espíritu les hacía ir, allí
iban, y no se volvían en su marcha.
13 Entre los seres había algo como brasas incandescentes, con aspecto
de antorchas, que se movía entre los seres; el fuego despedía un resplandor,
y del fuego salían rayos.
14 Y los seres iban y venían con el aspecto del relámpago.
15 Miré entonces a los seres y vi que había una rueda en el suelo, al
lado de los seres de cuatro caras.
16 El aspecto de las ruedas y su estructura era como el destello del
crisólito. Tenían las cuatro la misma forma y parecían dispuestas como si
una rueda estuviese dentro de la otra.
17 En su marcha avanzaban en las cuatro direcciones; no se volvían en
su marcha.
18 Su circunferencia tenía gran altura, era imponente, y la
circunferencia de las cuatro estaba llena de destellos todo alrededor.
19 Cuando los seres avanzaban, avanzaban las ruedas junto a ellos, y
cuando los seres se elevaban del suelo, se elevaban las ruedas.
20 Donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y las ruedas se elevaban
juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las ruedas.
21 Cuando avanzaban ellos, avanzaban ellas, cuando ellos se paraban,
se paraban ellas, y cuando ellos se elevaban del suelo, las ruedas se
elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las
ruedas.
22 Sobre las cabezas del ser había una forma de bóveda
resplandeciente como el cristal, extendida por encima de sus cabezas,
23 y bajo la bóveda sus alas estaban rectas, una paralela a la otra; cada
uno tenía dos que le cubrían el cuerpo.
24 Y oí el ruido de sus alas, como un ruido de muchas aguas, como la
voz de Sadday; cuando marchaban, era un ruido atronador, como ruido de
batalla; cuando se paraban, replegaban sus alas.
25 Y se produjo un ruido.
26 Por encima de la bóveda que estaba sobre sus cabezas, había algo
como una piedra de zafiro en forma de trono, y sobre esta forma de trono,
por encima, en lo más alto, una figura de apariencia humana.
27 Vi luego como el fulgor del electro, algo como un fuego que
formaba una envoltura, todo alrededor, desde lo que parecía ser sus caderas
para arriba; y desde lo que parecía ser sus caderas para abajo, vi algo como
fuego que producía un resplandor en torno,
28 con el aspecto del arco iris que aparece en las nubes los días de
lluvia: tal era el aspecto de este resplandor, todo en torno. Era algo como la
forma de la gloria de Yahveh. A su vista caí rostro en tierra y oí una voz
que hablaba.

Ezequiel 2

1 Me dijo: «Hijo de hombre, ponte en pie, que voy a hablarte».
2 El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme
en pie; y oí al que me hablaba.
3 Me dijo: «Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de
los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido
contumaces hasta este mismo día.
4 Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido; hacia
ellos te envío para decirles: Así dice el señor Yahveh.
5 Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa de rebeldía,
sabrán que hay un profeta en medio de ellos.
6 Y tú, hijo de hombre, no les tengas miedo, no tengas miedo de sus
palabras si te contradicen y te desprecian y si te ves sentado sobre
escorpiones. No tengas miedo de sus palabras, no te asustes de ellos, porque
son una casa de rebeldía.
7 Les comunicarás mis palabras, escuchen o no escuchen, porque son
una casa de rebeldía.
8 «Y tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte, no seas rebelde
como esa casa de rebeldía. Abre la boca y come lo que te voy a dar.»
9 Yo miré: vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un
libro enrollado.
10 Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el
reverso; había escrito: «Lamentaciones, gemidos y ayes.»
Ezequiel 3
1 Y me dijo: «Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este
rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel.»
2 Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo,
3 y me dijo: «Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo
te doy.» Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel.
4 Entonces me dijo: «Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales
con mis palabras.
5 Pues no eres enviado a un pueblo de habla oscura y de lengua difícil,
sino a la casa de Israel.
6 No a pueblos numerosos, de habla oscura y de lengua difícil cuyas
palabras no entenderías. Si te enviara a ellos, ¿no es verdad que te
escucharían?
7 Pero la casa de Israel no quiere escucharte a ti porque no quiere
escucharme a mí, ya que toda la casa de Israel tiene la cabeza dura y el
corazón empedernido.
8 Mira, yo he hecho tu rostro duro como su rostro, y tu frente tan dura
como su frente;
9 yo te hecho tu frente dura como el diamante, que es más duro que la
roca. No los temas, no tengas miedo de ellos, porque son una casa de
rebeldía.»
10 Luego me dijo: «Hijo de hombre, todas las palabras que yo te
dirija, guárdalas en tu corazón y escúchalas atentamente,
11 y luego, anda, ve donde los deportados, donde los hijos de tu
pueblo; les hablarás y les dirás: “Así dice el Señor Yahveh”, escuchen o no
escuchen.»
12 Entonces, el espíritu me levantó y oí detrás de mí el ruido de una
gran trepidación: «Bendita sea la gloria de Yahveh, en el lugar donde está»,
13 el ruido que hacían las alas de los seres al batir una contra otra, y el
ruido de las ruedas junto a ellos, ruido de gran trepidación.
14 Y el espíritu me levantó y me arrebató; yo iba amargado con
quemazón de espíritu, mientras la mano de Yahveh pesaba fuertemente
sobre mí.
15 Llegué donde los deportados de Tel Abib que residían junto al río
Kebar – era aquí donde ellos residían -, y permanecí allí siete días, aturdido,
en medio de ellos.
16 Al cabo de los siete días, la palabra de Yahveh me fue dirigida en
estos términos:
17 «Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de
Israel. Oirás de mi boca la palabra y les advertirás de mi parte.
18 Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no le adviertes, si
no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, a fin de
que viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré
cuentas a ti.
19 Si por el contrario adviertes al malvado y él no se aparta de su
maldad y de su mala conducta, morirá él por su culpa, pero tú habrás
salvado tu vida.
20 Cuando el justo se aparte de su justicia para cometer injusticia, yo
pondré un obstáculo ante él y morirá; por no haberle advertido tú, morirá él
por su pecado y no se recordará la justicia que había practicado, pero de su
sangre yo te pediré cuentas a ti.
21 Si por el contrario adviertes al justo que no peque, y él no peca,
vivirá él por haber sido advertido, y tú habrás salvado tu vida.»
22 Allí fue sobre mí la mano de Yahveh; me dijo: «Levántate, sal a la
vega, y allí te hablaré.»
23 Me levanté y salí a la vega, y he aquí que la gloria de Yahveh
estaba parada allí, semejante a la gloria que yo había visto junto al río
Kebar, y caí rostro en tierra.
24 Entonces, el espíritu entró en mí y me hizo tenerme en pie, y me
habló. Me dijo: «Ve a encerrarte en tu casa.
25 Hijo de hombre, he aquí que se te van a echar cuerdas con las que
serás atado, para que no aparezcas en medio de ellos.
26 Yo haré que tu lengua se te pegue al paladar, quedarás mudo y
dejarás de ser su censor, porque son una casa de rebeldía.
27 Mas cuando yo te hable, abriré tu boca y les dirás: Así dice el
Señor Yahveh; quien quiera escuchar, que escuche, y quien no quiera, que
lo deje; porque son una casa de rebeldía.»

Ezequiel 4

1 Tú, hijo de hombre, toma un ladrillo y ponlo delante de ti; grabarás
en él una ciudad, Jerusalén,
2 y emprenderás contra ella un asedio: construirás contra ella
trincheras, levantarás contra ella terraplenes, emplazarás contra ella
campamentos, instalarás contra ella arietes, todo alrededor.
3 Toma luego una sartén de hierro y colócala como un muro de hierro
entre ti y la ciudad. Fijarás tu rostro sobre ella, y quedará en estado de sitio:
tú la sitiarás. Es una señal para la casa de Israel.
4 Acuéstate del lado izquierdo y pon sobre ti la culpa de la casa de
Israel. Todo el tiempo que estés acostado así, llevarás su culpa.
5 Yo te he impuesto los años de su culpa en una duración de
trescientos noventa días, durante los cuales cargarás con la culpa de la casa
de Israel.
6 Cuando hayas terminado estos últimos, te acostarás otra vez del lado
derecho, y llevarás la culpa de la casa de Judá durante cuarenta días. Yo te
he impuesto un día por año.
7 Después fijarás tu rostro y tu brazo desnudo sobre el asedio de
Jerusalén, y profetizarás contra ella.
8 He aquí que yo te he atado con cuerdas, y no te darás vuelta de un
lado a otro hasta que no hayas cumplido los días de tu reclusión.
9 Toma, pues, trigo, cebada, habas, lentejas, mijo, espelta: ponlo en
una misma vasija y haz con ello tu pan. Durante todo el tiempo que estés
acostado de un lado – trescientos noventa días – comerás de ello.
10 El alimento que comas será de un peso de veinte siclos por día, que
comerás de tal a tal hora.
11 También beberás el agua con medida, beberás la sexta parte de un
sextario, de tal a tal hora.
12 Comerás este alimento en forma de galleta de cebada que será
cocida, a la vista de ellos, sobre excrementos humanos.»
13 Y dijo Yahveh: «Así comerán los israelitas su alimento impuro en
medio de las naciones donde yo los arrojaré.»
14 Yo dije entonces: «¡Ah, Señor Yahveh!, mi alma no está impura.
Desde mi infancia hasta el presente jamás he comido bestia muerta o
despedazada, ni carne corrompida entró en mi boca.»
15 El me dijo: «Bien, en lugar de excrementos humanos te permito
usar boñiga de buey para que hagas tu pan encima.»
16 Luego me dijo: «Hijo de hombre, he aquí que yo voy a destruir la
provisión de pan en Jerusalén: comerán el pan con peso y con angustia; y el
agua con medida y con ansiedad la beberán,
17 porque faltarán el pan y el agua: quedarán pasmados todos juntos y
se consumirán por sus culpas.»

Ezequiel 5

1 Tú, hijo de hombre, toma una espada afilada, tómala como navaja de
barbero, y pásatela por tu cabeza y tu barba. Luego tomarás una balanza y
dividirás en partes lo que hayas cortado.
2 A un tercio le prenderás fuego en medio de la ciudad, al cumplirse
los días del asedio. El otro tercio lo tomarás y lo cortarás con la espada
todo alrededor de la ciudad. El último tercio lo esparcirás al viento, y yo
desenvainaré la espada detrás de ellos.
3 Pero de aquí tomarás una pequeña cantidad que recogerás en el
vuelo de tu manto,
4 y de éstos tomarás todavía un poco, lo echarás en medio del fuego y
lo quemarás en él. De ahí saldrá el fuego hacia toda la casa de Israel.
5 Así dice el Señor Yahveh: Esta es Jerusalén; yo lo había colocado en
medio de las naciones, y rodeado de países.
6 Pero ella se ha rebelado contra mis normas con más perversidad que
las naciones, y contra mis decretos más que los países que la rodean. Sí, han
rechazado mis normas y no se han conducido según mis decretos.
7 Por eso, así dice el Señor Yahveh: Porque vuestro tumulto es mayor
que el de las naciones que os rodean, porque no os habéis conducido según
mis decretos ni habéis observado mis normas, y ni siquiera os habéis
ajustado a las normas de las naciones que os rodean,
8 por eso, así dice el Señor Yahveh: También yo me declaro contra ti,
ejecutaré mis juicios en medio de ti a los ojos de las naciones,
9 y haré contigo lo que jamás he hecho y lo que no volveré a hacer
jamás, a causa de todas tus abominaciones.
10 Por eso, los padres devorarán a sus hijos, en medio de ti, y los hijos
devorarán a sus padres. Yo haré justicia de ti y esparciré lo que quede de ti
a todos los vientos.
11 Por eso, por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que de la misma
manera que tú has contaminado mi santuario con todos tus horrores y todas
tus abominaciones, yo también te rechazaré a ti sin una mirada de piedad,
tampoco yo perdonaré.
12 Un tercio de los tuyos morirá de peste o perecerá de hambre en
medio de ti, otro tercio caerá a espada, en tus alrededores, y al otro tercio lo
esparciré yo a todos los vientos, desenvainando la espada detrás de ellos.
13 Mi cólera se desahogará y saciaré en ellos mi furor; me vengaré y
sabrán entonces que yo, Yahveh, he hablado en mi celo, cuando desahogue
mi furor en ellos.
14 Y haré de ti una ruina, un oprobio entre las naciones que te rodean,
a los ojos de todos los transeúntes.
15 Serás oprobio y blanco de insultos, ejemplo y asombro para las
naciones que te rodean, cuando yo haga justicia de ti con cólera y furor, con
furiosos escarmientos. Yo, Yahveh, he hablado.
16 Cuando lance contra ellos las terribles flechas del hambre, que
causan el exterminio, y que yo enviaré para exterminaros, añadiré el hambre
contra vosotros, y destruiré vuestras provisiones de pan.
17 Enviaré contra vosotros el hambre y las bestias feroces, que te
dejarán sin hijos; la peste y la sangre pasarán por ti, y haré venir contra ti la
espada. Yo, Yahveh, he hablado.

Ezequiel 6

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:
2 Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia los montes de Israel y
profetiza contra ellos.
3 Dirás: Montes de Israel, escuchad la palabra del Señor Yahveh. Así
dice el Señor Yahveh a los montes, a las colinas, a los barrancos y a los
valles: He aquí que yo voy a hacer venir contra vosotros la espada y
destruiré vuestros altos.
4 Vuestros altares serán devastados, vuestros braseros de incienso
serán rotos, haré caer a vuestros habitantes, acribillados, delante de
vuestras basuras,
5 pondré los cadáveres de los israelitas delante de sus basuras, y
esparciré sus huesos alrededor de vuestros altares.
6 En todo lugar donde habitéis, las ciudades quedarán en ruinas y los
altos serán devastados, de forma que vuestros altares queden en ruinas,
como cosa culpable, vuestras basuras sean destrozadas y aventadas,
vuestros braseros de incienso hechos pedazos y aniquiladas vuestras obras.
7 Caerán las víctimas en medio de vosotros, y sabréis que yo soy
Yahveh.
8 Pero haré que os queden, entre las naciones, algunos supervivientes
de la espada, cuando seáis dispersados por los países.
9 Y vuestros supervivientes se acordarán de mí, entre las naciones
adonde hayan sido deportados, aquellos a quienes yo haya quebrantado el
corazón adúltero que se apartó de mí y los ojos que se prostituyeron detrás
de sus basuras. Tendrán horror de sí mismos por las maldades que
cometieron con todas sus abominaciones.
10 Y sabrán que yo soy Yahveh: no había hablado en vano de
infligirles todos estos males.
11 Así dice el Señor Yahveh. Bate las manos, patalea y di: «¡Ay!»,
por todas las execrables abominaciones de la casa de Israel, que va a caer
por la espada, el hambre y la peste.
12 El que esté lejos morirá de peste, el que esté cerca caerá a espada,
el que quede sitiado morirá de hambre, porque yo desahogaré mi furor en
ellos.
13 Y sabréis que yo soy Yahveh, cuando sus víctimas queden allí
entre sus basuras alrededor de sus altares, en toda colina elevada, en la
cima de todos los montes, bajo todo árbol verde, bajo toda encina frondosa,
dondequiera que ofrecen calmante aroma a todas sus basuras.
14 Extenderé mi mano contra ellos y haré de esta tierra una soledad
desolada, desde el desierto hasta Riblá, en todo lugar donde habiten; y
sabrán que yo soy Yahveh.

Ezequiel 7

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:
2 Hijo de hombre, di: Así dice el Señor Yahveh a la tierra de Israel:
¡El fin! Llega el fin sobre los cuatro extremos de esta tierra.
3 Ahora es el fin para ti; voy a desencadenar mi cólera contra ti, para
juzgarte según tu conducta y pedirte cuentas de todas tus abominaciones.
4 No tendré para ti una mirada de piedad, no te perdonaré, sino que te
pediré cuentas de tu conducta; aparecerán tus abominaciones en medio de
ti, y sabréis que yo soy Yahveh.
5 Así dice el Señor Yahveh: ¡Desgracia única! ¡Ya viene la desgracia!
6 Se acerca el fin, el fin se acerca vigilante sobre ti, es ya inminente.
7 Te llega el turno, habitante del país. Llega el tiempo, está cercano el
día, consternación, que no ya ¡hurra!, en los montes.
8 Ahora voy a derramar sin tregua mi furor sobre ti y a desahogar mi
cólera en ti; voy a juzgarte según tu conducta y a pedirte cuentas de todas
tus abominaciones.
9 No tendré una mirada de piedad, no perdonaré; te pediré cuentas de
tu conducta; tus abominaciones aparecerán en medio de ti, y sabréis que yo
soy Yahveh, el que hiere.
10 He aquí el día, hele que viene: sale el turno, la vara está florida,
florida la insolencia.
11 Se ha erguido la violencia para hacerse vara de maldad…
12 Ha llegado el momento, está cercano el día. No se alegre el
comprador, no se entristezca el vendedor, porque la ira es contra toda su
multitud.
13 El vendedor no volverá a lo vendido, mientras viva entre los vivos,
pues la ira contra toda su multitud no será revocada; y nadie, por su
iniquidad, tendrá segura su vida.
14 Se tocará la trompeta, todo estará a punto, pero nadie marchará al
combate, porque mi ira es contra toda su multitud.
15 Está la espada afuera, la peste y el hambre dentro. El que se
encuentre en el campo morirá a espada, y al que esté en la ciudad, el
hambre y la peste lo devorarán.
16 Sus supervivientes escaparán, andarán por los montes, como las
palomas de los valles, todos ellos gimiendo, cada uno por sus culpas.
17 Todas las manos desmayarán, todas las rodillas se irán en agua.
18 Se ceñirán ellos de sayal, un escalofrío los invadirá. En todos los
rostros la vergüenza, todas las cabezas rasuradas.
19 Arrojarán su plata por las calles y su oro se convertirá en
inmundicia; ni su plata, ni su oro les podrán salvar el día del enojo de
Yahveh. No se saciarán más, no llenarán más su vientre, porque ello era la
ocasión de su culpa.
20 De la hermosura de sus joyas hicieron el objeto de su orgullo: con
ellas fabricaron las imágenes de sus monstruos abominables; por eso yo se
lo convertiré en inmundicia.
21 Yo lo entregaré al saqueo de los extranjeros, al despojo de los más
impíos de la tierra, que lo profanarán.
22 Retiraré mi rostro de ellos, mi tesoro será profanado: los invasores
penetrarán en él y lo profanarán.
23 Haz una cadena, porque esta tierra está llena de delitos de sangre,
la ciudad repleta de violencia.
24 Yo haré venir a las naciones más crueles, que se apoderarán de sus
casas. Pondré fin al orgullo de los poderosos y sus santuarios serán
profanados.
25 Llega el terror; ellos buscarán la paz, pero no la habrá.
26 Vendrá desastre tras desastre, noticia tras noticia: se pedirá al
profeta una visión, le faltará al sacerdote la ley, el consejo a los ancianos.
27 El rey estará en duelo, el príncipe hundido en la desolación, las
manos del pueblo de la tierra temblarán. Yo los trataré según su conducta,
los juzgaré según sus juicios, y sabrán que yo soy Yahveh.

Ezequiel 8

1 El año sexto, el día cinco del sexto mes, estaba yo sentado en mi
casa y los ancianos de Judá sentados ante mí, cuando se posó allí sobre mí
la mano del Señor Yahveh.
2 Miré: había allí una forma con aspecto de hombre. Desde lo que
parecían ser sus caderas para abajo era de fuego, y desde sus caderas para
arriba era algo como un resplandor, como el fulgor del electro.
3 Alargó una especie de mano y me agarró por un mechón de mi
cabeza; el espíritu me elevó entre el cielo y la tierra y me llevó a Jerusalén,
en visiones divinas, a la entrada del pórtico interior que mira al norte, allí
donde se alza el ídolo de los celos, que provoca los celos.
4 Y he aquí que la gloria del Dios de Israel estaba allí; tenía el aspecto
de lo que yo había visto en la vega.
5 El me dijo: «Hijo de hombre, levanta tus ojos hacia el norte.»
Levanté mis ojos hacia el norte y vi que al norte del pórtico del altar estaba
este ídolo de los celos, a la entrada.
6 Me dijo: «Hijo de hombre, ¿ves lo que hacen éstos, las grandes
abominaciones que la casa de Israel comete aquí para alejarme de mi
santuario? Todavía has de ver otras grandes abominaciones».
7 Me llevó a la entrada del atrio. Yo miré: había un agujero en la
pared.
8 Y me dijo: «Hijo de hombre, perfora la pared.» Perforé la pared y se
hizo una abertura.
9 Y me dijo: «Entra y contempla las execrables abominaciones que
éstos cometen ahí.»
10 Entré y observé: toda clase de representaciones de reptiles y
animales repugnantes, y todas las basuras de la casa de Israel estaban
grabados en la pared, todo alrededor.
11 Y setenta hombres, de los ancianos de la casa de Israel – uno de
ellos era Yazanías, hijo de Safán -, estaban de pie delante de ellos cada uno
con su incensario en la mano. Y el perfume de la nube de incienso subía.
12 Me dijo entonces: «¿Has visto, hijo de hombre, lo que hacen en la
oscuridad los ancianos de la casa de Israel, cada uno en su estancia
adornada de pinturas? Están diciendo: “Yahveh no nos ve, Yahveh ha
abandonado esta tierra.”»
13 Y me dijo: «Todavía les verás cometer otras grandes
abominaciones.»
14 Me llevó a la entrada del pórtico de la Casa de Yahveh que mira al
norte, y vi que allí estaban sentadas las mujeres, plañiendo a Tammuz.
15 Me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre? Todavía verás
abominaciones mayores que éstas.»
16 Me condujo luego al atrio interior de la Casa de Yahveh. Y he aquí
que a la entrada del santuario de Yahveh, entre el vestíbulo y el altar, había
unos veinticinco hombres que, vuelta la espalda al santuario de Yahveh y la
cara a oriente, se postraban en dirección a oriente hacia el sol.
17 Y me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre? ¿Aún no le bastan a la
casa de Judá las abominaciones que cometen aquí, para que llenen también
la tierra de violencia y vuelvan a irritarme? Mira cómo se llevan el ramo a
la nariz.
18 Pues yo también he de obrar con furor; no tendré una mirada de
piedad, no perdonaré. Con voz fuerte gritarán a mis oídos, pero yo no les
escucharé.

Ezequiel 9

1 Entonces gritó a mis oídos con voz fuerte: «¡Se acercan los castigos
de la ciudad, cada uno con su azote en la mano!»
2 Y en esto vinieron, de la dirección del pórtico superior que mira al
norte, seis hombres, cada cual con su azote en la mano. En medio de ellos
había un hombre vestido de lino con una cartera de escriba a la cintura.
Entraron y se detuvieron ante al altar de bronce.
3 La gloria del Dios de Israel se levantó de sobre los querubines sobre
los cuales estaba, hacia el umbral de la Casa. Llamó entonces al hombre
vestido de lino que tenía la cartera de escriba a la cintura;
4 y Yahveh le dijo: «Pasa por la ciudad, por Jerusalén, y marca una
cruz en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las
abominaciones que se cometen en medio de ella.»
5 Y a los otros oí que les dijo: «Recorred la ciudad detrás de él y
herid. No tengáis una mirada de piedad, no perdonéis;
6 a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres matadlos hasta que no
quede uno. Pero al que lleve la cruz en la frente, no le toquéis. Empezad a
partir de mi santuario.» Empezaron, pues, por los ancianos que estaban
delante de la Casa.
7 Luego les dijo: «Manchad la Casa, llenad de víctimas los atrios;
salid.» Salieron y fueron hiriendo por la ciudad.
8 Mientras ellos herían, yo quedé solo allí y caí rostro en tierra.
Exclamé: «¡Ah, Señor Yahveh!, ¿vas a exterminar a todo el resto de Israel,
derramando tu furor contra Jerusalén?»
9 Me dijo: «La culpa de la casa de Israel y de Judá es muy grande,
mucho; la tierra está llena de sangre, la ciudad llena de perversidad. Pues
dicen: “Yahveh ha abandonado la tierra, Yahveh no ve nada.”
10 Pues bien, tampoco yo tendré una mirada de piedad ni perdonaré.
Haré caer su conducta sobre su cabeza».
11 En aquel momento el hombre vestido de lino que llevaba la cartera
a la cintura, vino a hacer su relación: «He ejecutado lo que me ordenaste.»

Ezequiel 10

1 Miré y vi que sobre el firmamento que estaba sobre la cabeza de los
querubines aparecía, semejante a la piedra de zafiro, algo como una forma
de trono, por encima de ellos.
2 Y dijo al hombre vestido de lino: «Métete entre las ruedas, debajo de
los querubines, toma a manos llenas brasas ardientes de entre los
querubines y espárcelas por la ciudad.» Y él entró, ante mis ojos.
3 Los querubines estaban parados a la derecha de la Casa cuando el
hombre entró, y la nube llenaba el atrio interior.
4 La gloria de Yahveh se elevó de encima de los querubines hacia el
umbral de la Casa y la Casa se llenó de la nube, mientras el atrio estaba
lleno del resplandor de la gloria de Yahveh.
5 Y el ruido de las alas de los querubines llegaba hasta el atrio
exterior, semejante a la voz del Dios Sadday cuando habla.
6 Cuando dio esta orden al hombre vestido de lino: «Toma fuego de
en medio de las ruedas, de entre los querubines», el hombre fue y se detuvo
junto a la rueda;
7 el querubín alargó su mano de entre los querubines hacia el fuego
que había en medio de los querubines, lo tomó y lo puso en las manos del
hombre vestido de lino. Este lo tomó y salió.
8 Entonces apareció en los querubines una especie de mano humana
debajo de sus alas.
9 Miré: había cuatro ruedas al lado de los querubines, cada rueda junto
a cada querubín, y el aspecto de las ruedas era como el destello del crisólito.
10 Las cuatro parecían tener la misma forma, como si una rueda
estuviese dentro de la otra.
11 En su marcha, avanzaban en las cuatro direcciones; no se volvían
en su marcha; seguían, en efecto, la dirección del lado adonde miraba la
cabeza, y no se volvían en su marcha.
12 Y todo su cuerpo, su espalda, sus manos y sus alas, así como las
ruedas, estaban llenos de destellos todo alrededor; sus ruedas, las de los
cuatro.
13 Oí que a las ruedas se les daba el nombre de «galgal».
14 Y cada uno tenía cuatro caras: la primera era la cara del querubín,
la segunda una cara de hombre, la tercera una cara de león y la cuarta una
cara de águila.
15 Los querubines se levantaron: era el ser que yo había visto sobre el
río Kebar.
16 Cuando los querubines avanzaban, avanzaban las ruedas a su lado;
cuando los querubines desplegaban sus alas para elevarse del suelo, las
ruedas no se volvían tampoco de su lado.
17 Cuando ellos se paraban, se paraban ellas, y cuando ellos se
elevaban, se elevaban con ellos las ruedas, porque el espíritu del ser estaba
en ellas.
18 La gloria de Yahveh salió de sobre el umbral de la Casa y se posó
sobre los querubines.
19 Los querubines desplegaron sus alas y se elevaron del suelo ante
mis ojos, al salir, y las ruedas con ellos. Y se detuvieron a la entrada del
pórtico oriental de la Casa de Yahveh; la gloria del Dios de Israel estaba
encima de ellos.
20 Era el ser que yo había visto debajo del Dios de Israel en el río
Kebar; y supe que eran querubines.
21 Cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas, y bajo sus alas formas de
manos humanas.
22 En cuanto a la forma de sus caras, tenían la apariencia de las caras
que yo había visto junto al río Kebar. Cada uno marchaba de frente a
derecho.

Eclesiástico 27

16 Quien revela los secretos, pierde el crédito, no encontrará jamás
amigo íntimo.
17 Ama a tu amigo y confíate a él, mas si revelas sus secretos, deja de
ir tras él;
18 porque como el que mata elimina a su víctima, así has destruido la
amistad de tu compañero.
19 Como a pájaro que soltaste de tu mano, así has perdido a tu
compañero y no lo recobrarás.
20 No vayas en su busca, porque se fue lejos, huyó como gacela de la
red.
21 Que la herida puede ser vendada, y para la injuria hay
reconciliación, pero el que reveló el secreto, perdió toda esperanza.
22 Quien guiña el ojo, anda urdiendo el mal, nadie podrá apartarle de
él.
23 Ante tus ojos pone dulce su boca, y por tus palabras muestra
admiración; mas después cambia de lenguaje, y con tus palabras anda
dando escándalo.
24 Muchas cosas detesto, mas nada como a éste, y también el Señor
le detesta.
25 Quien tira una piedra al aire, sobre su propia cabeza la tira, el
golpe a traición devuelve heridas.
26 Quien cava una fosa, caerá en ella, quien tiende una red, en ella
quedará preso.
27 Quien hace el mal, lo verá caer sobre sí sin saber de dónde le
viene.
28 Escarnio y ultraje son cosa de orgulloso, mas la venganza como
león le acecha.
29 Caerán en la red los que se alegran de la caída de los piadosos, el
dolor los consumirá antes de su muerte.
30 Rencor e ira son también abominables, esa es la propiedad del
pecador.

Eclesiástico 28

1 El que se venga, sufrirá venganza del Señor, que cuenta exacta
llevará de sus pecados.
2 Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán
perdonados tus pecados.
3 Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Señor espera
curación?
4 De un hombre como él piedad no tiene, ¡y pide perdón por sus
propios pecados!
5 El, que sólo es carne, guarda rencor, ¿quién obtendrá el perdón de
sus pecados?
6 Acuérdate de las postrimerías, y deja ya de odiar, recuerda la
corrupción y la muerte, y sé fiel a los mandamientos.
7 Recuerda los mandamientos, y no tengas rencor a tu prójimo,
recuerda la alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.
8 Absténte de disputas y evitarás el pecado, porque el apasionado
atiza las disputas.
9 El pecador enzarza a los amigos, entre los que están en paz siembra
discordia.
10 Según sea la leña, así arde el fuego, según su violencia, arde la
disputa; según la fuerza del hombre es su furor y conforme a su riqueza
sube su ira.
11 Riña súbita prende fuego, disputa precipitada vierte sangre.
12 Si soplas una chispa, prenderá, si la escupes, se apagará, y ambas
cosas salen de tu boca.
13 Al soplón de lengua doble, maldícele, que ha perdido a muchos
que vivían en paz.
14 A muchos sacudió la lengua triple, los dispersó de nación en
nación; arrasó ciudades fuertes y derruyó casas de magnates.
15 La lengua triple repudió a mujeres varoniles, las privó del fruto de
sus trabajos.
16 El que la atiende no encontrará reposo, ni plantará su tienda en
paz.
17 El golpe del látigo produce cardenales, el golpe de la lengua
quebranta los huesos.
18 Muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos
por la lengua.
19 Feliz el que de ella se resguarda, el que no pasa a través de su
furor, el que su yugo no ha cargado, ni ha sido atado con sus coyundas.
20 Porque su yugo es yugo de hierro, y coyundas de bronce sus
coyundas.
21 Muerte funesta la muerte que ella da, ¡el seol es preferible a ella!
22 Mas no tiene poder sobre los piadosos, en su llama no se
quemarán.
23 Los que abandonan al Señor caerán en ella, en ellos arderá y no se
apagará. Como un león se lanzará contra ellos, como una pantera los
desgarrará.
24 Mira, cerca tu hacienda con espinos, encierra bien tu plata y tu
oro.
25 A tus palabras pon balanza y peso, a tu boca pon puerta y cerrojo.
26 Guárdate bien de resbalar por ella, no sea que caigas ante el que te
acecha.

Juan 18

1 Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente
Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos.
2 Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque
Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos.
3 Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los
sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas.
4 Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les
pregunta: «¿A quién buscáis?»
5 Le contestaron: «A Jesús el Nazareno.» Díceles: «Yo soy.» Judas, el
que le entregaba, estaba también con ellos.
6 Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra.
7 Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A
Jesús el Nazareno».
8 Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis
a mí, dejad marchar a éstos.»
9 Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he
perdido a ninguno.»
10 Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al
siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba
Malco.
11 Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me
ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»
12 Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos
prendieron a Jesús, le ataron
13 y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suero de Caifás, el
Sumo Sacerdote de aquel año.
14 Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un
solo hombre por el pueblo.
15 Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era
conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo
Sacerdote,
16 mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió
el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo
pasar a Pedro.
17 La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los
discípulos de ese hombre?» Dice él: «No lo soy.»
18 Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque
hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose.
19 El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su
doctrina.
20 Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo;
he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos
los judíos, y no he hablado nada a ocultas.
21 ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les
he hablado; ellos saben lo que he dicho.»
22 Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una
bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?»
23 Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal;
pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»
24 Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás.
25 Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú
también de sus discípulos?» El lo negó diciendo: «No lo soy.»
26 Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien
Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con él?»
27 Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.
28 De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada.
Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la
Pascua.
29 Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación
traéis contra este hombre?»
30 Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo
habríamos entregado.»
31 Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley.»
Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie.»
32 Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué
muerte iba a morir.
33 Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo:
«¿Eres tú el Rey de los judíos?»
34 Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo
han dicho de mí?»
35 Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos
sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»
36 Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino
fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese
entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.»
37 Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús:
«Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para est he venido al
mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad,
escucha mi voz.»
38 Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?» Y, dicho esto, volvió a salir
donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en él.
39 Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno
por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los
judíos?»
40 Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!»
Barrabás era un salteador.

Juan 19

1 Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle.
2 Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la
cabeza y le vistieron un manto de púrpura;
3 y, acercándose a él, le decían: «Salve, Rey de los judíos.» Y le
daban bofetadas.
4 Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que
sepáis que no encuentro ningún delito en él.»
5 Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto
de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre.»
6 Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
«¡Crucifícalo, crucifícalo!» Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y
crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él.»
7 Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa
Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios.»
8 Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más.
9 Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?»
Pero Jesús no le dio respuesta.
10 Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder
para soltarte y poder para crucificarte?»
11 Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te
hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor
pecado.»
12 Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron:
«Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se
enfrenta al César.»
13 Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el
tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá.
14 Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice
Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey.»
15 Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!» Les dice Pilato: «¿A
vuestro Rey voy a crucificar?» Replicaron los sumos sacerdotes: «No
tenemos más rey que el César.»
16 Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues,
a Jesús,
17 y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario,
que en hebreo se llama Gólgota,
18 y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús
en medio.
19 Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo
escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos.»
20 Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde
había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en
hebreo, latín y griego.
21 Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas:
“El Rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy Rey de los judíos”.»
22 Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito.»
23 Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus
vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la
túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo.
24 Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver
a quién le toca.» Para que se cumpliera la Escritura: = Se han repartido mis
vestidos, han echado a suertes mi túnica. = Y esto es lo que hicieron los
soldados.
25 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su
madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena.
26 Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba,
dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
27 Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella
hora el discípulo la acogió en su casa.
28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para
que se cumpliera la Escritura, dice: = «Tengo sed.» =
29 Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de
hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca.
30 Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E
inclinando la cabeza entregó el espíritu.
31 Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no
quedasen los cuerpos en la cruz el sábado – porque aquel sábado era muy
solemne – rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran.
32 Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y
del otro crucificado con él.
33 Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron
las piernas,
34 sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y
al instante salió sangre y agua.
35 El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que
dice la verdad, para que también vosotros creáis.
36 Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: = No se le
quebrará hueso alguno. =
37 Y también otra Escritura dice: = Mirarán al que traspasaron. =
38 Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús,
aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para
retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su
cuerpo.
39 Fue también Nicodemo – aquel que anteriormente había ido a verle
de noche – con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras.
40 Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los
aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar.
41 En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el
huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado.
42 Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el
sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

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